El mundo como voluntad de representación, dijo Schopenhauer. Si las cosas y el mundo físico representan el imaginario de quienes lo piensan, el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa simboliza el deterioro creciente y la vulgaridad en que ha caído la clase política de este país. Así se ven a sí mismos los políticos del país más feliz del mundo —metidos en una cueva— y así perciben la democracia: como un búnker, oscuro y alejado de la gente.
No solo estéticamente es un esperpento, un adefesio —probablemente uno de los edificios más feos jamás construidos en el planeta, un cajón cerrado y sin ventanas, una mole absurda que agrede la vista y la sensibilidad, la cual jamás debió ser aprobada por el Parlamento—, sino también la representación de algo más grave aún: es la metáfora de lo que no debe ser la democracia.
Ese vulgar edificio representa secretismo y acuartelamiento (la ausencia de ventanas en la más siniestra de todas las metáforas, su hipérbole última), mientras que la democracia debería ser todo lo contrario: apertura, transparencia, control y escrutinio permanentes de los ciudadanos. Debería ser un edificio lleno de ventanas, de aire, de transparencias, de luz; literalmente, una ventana al mundo y al pueblo que representa.
Parlamento alemán. Pongo un ejemplo. Cuando se fusionaron Alemania Occidental y Alemania del Este, en 1989, y la capital se trasladó de Bonn a Berlín —como en los viejos tiempos y desde Federico II de Prusia—, el Gobierno Federal, aún presidido por Helmut Kohl, construyó el nuevo Bundestag o Parlamento en la gran explanada que queda al lado del Reichstag.
El nuevo Parlamento alemán se diseñó a propósito como un edificio transparente. No solo las oficinas de todos los diputados están expuestas al público por medio de grandes cristales, sino también el hemiciclo del debate legislativo está a la vista de grandes ventanales para que los transeúntes, desde la calle —es decir, el pueblo, los electores—, vean y observen el movimiento de sus delegados y representantes.
La forma es el contenido, decía Aristóteles, y tenía razón. Un edificio abierto en un significante y un significado: representa el mundo del diálogo, de la transparencia, del poder de los ciudadanos.
Insulto. El cajón a punto de terminarse en Cuesta de Moras representa todo lo contrario. Simboliza el reino de las sombras y los conciliábulos: una clase política que se enconcha para que no vean lo que hace. Y quizá decidió construirlo así, timorata y asustadiza, para defenderse de una sociedad que reiteradamente se encabrita por una razón muy simple: porque no la representa bien.
En síntesis: el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa no solo es una agresión innombrable contra el buen gusto, un acto siniestro arquitectónico, sino también algo más grave: una agresión contra la gente. Contra el concepto mismo de democracia. Es un insulto contra el pueblo.
Resulta lamentable que esa misma clase política se haya gastado $100 millones en ese adefesio y niegue $30 millones para salvar y proteger el Teatro Nacional, una de las pocas joyas arquitectónicas que le quedan a San José, una ciudad fea y desvencijada, un pueblón maloliente.
San José fue en otro tiempo, según atestiguan las fotografías de la primera mitad del siglo XX, una ciudad más hermosa, con construcciones y casas art déco, y hasta pequeñas y hermosas construcciones neoclásicas, como la antigua Biblioteca Nacional.
Imperio de la chabacanería. Ese fue el inicio del fin. Allí empezó el derrumbe. El día que decidieron demoler la antigua biblioteca para dejar un escampado que alberga hoy un parqueo de automóviles (a ¢1.000 la hora), ese día se inauguró el imperio de la chabacanería. De allí al nuevo edificio legislativo, solo fue cuestión de tiempo. La caída libre hacia el reino de la vulgaridad.
Solo nos falta que un mes de estos se incendie el Teatro Nacional y decidan hacer, en medio de los escombros, un parque de diversiones, con algodón de azúcar, venta de helados, tragafuegos en bicicleta, la mujer barbuda, saltimbanquis y payasos, y — en el puro centro— una gran tarima para que practiquen y hagan su rehearsal los aspirantes a políticos y diputados.
El autor es analista de políticas públicas.