Las relaciones humanas tienen un tejido muy diferente al de las relaciones comerciales. Querer copiar el proceder del campo comercial y trasladarlo al humano es imposible, y hasta caricaturesco, como lo es el desear dar vida humana a las caricaturas. No obstante, el capital insiste en esta copia.
Sacar recursos de todos los lugares y ámbitos es cada vez más visible porque los lugares antes conocidos fueron explotados ya, y al ver las minas abandonadas por doquier el capital corre y busca otros puntos de explotación para seguir sacando provecho.
Todo lo humano es trama emocional, temporalidad contenida en los imaginarios culturales, práctica de reglamentos que suavicen la leyes biológicas, puesta en escena de las situaciones siempre diversas, lo cual las hace imposibles de meter en los mismos marcos mecánicos de las relaciones comerciales y sus manuales de uso.
El capital se introduce por todas las rendijas en su afán de extraer, mercadear y capitalizarlo todo, sean bienes tangibles o intangibles, como las emociones, los deseos, los mitos y las utopías de los seres humanos.
No es suficiente con vivir inmersos en redes de contactos monitoreados por agencias, para las cuales cada persona es un monigote de utilería. Un ser útil por definición.
Pero, ojo, no somos productos hechos en Cartoon Network. No todo es una hoja de Excel en la que prima una lista de características por cumplir para entrar en relación con otra hoja de Excel y decir OK, visto bueno, checking.
Responsabilidades distintas. Sea para Facebook, Tinder, Twitter, LinkedIn o WhatsApp, etc., el hecho es que somos diversos y no todos son responsables por igual de sus contratos sociales.
Por eso, las generalizaciones son siempre excluyentes porque, precisamente, no somos maquetas y, menos, caricaturas. Tanto deforma el ser tratado como caricatura, en cuerpo, mente y trato, como el creerse uno mismo una caricatura y enardecerse como personaje de fábula, como avatar que roba la identidad de quien lo usa y despierta para iniciar su propia serie de terror en Netflix: El despertar de las caricaturas.
Para competir en este reduccionismo del mercado salvaje en el cual las caricaturas andan sueltas, nos quedan los derechos.
Mi derecho a decir que no, a ser oída y respetada, es mi derecho a adoptar una postura ante un acontecimiento. No en una tira cómica o muro digital, en el que la vida, incluso el sexo, es tratada como juguete, sino en el acontecer real de la a veces fea, injusta, aburrida y problemática vida real. Lo anterior no quiere decir que los acontecimientos dejarán de pasar porque las relaciones humanas son, en sí mismas, carne de acontecimientos. Quiere decir que soy mujer de respeto, que valoro, reflexiono, reacciono y elijo porque soy persona.
Mi derecho a decir hasta aquí y a ser oída es mi derecho a poner un alto en un acontecimiento que no veo propicio. No quiere decir que todos los acontecimientos venideros serán igual de desfavorables. Quiere decir que valoro, reflexiono, reacciono y elijo porque soy persona.
Mi derecho a crear mundos diferentes y diseñarlos para mi cuidado y protección. Mundos que no atenten contra otros mundos.
Se es caricatura si se piensa que el acercamiento de un hombre y una mujer se da como lo harían dos figuritas de cómics estando cerca: sin universos representados en el pensamiento y el deseo. Esto debe enseñarlo la educación. Es hora de revisar a la educación en este sentido, en programas y libros de lectura. Textos que ayuden a razonar, reflexionar, valorar sentimientos enaltecedores de la autonomía, la democracia y el respeto, como capacidades extraordinarias de los seres humanos. Textos que enseñen a emitir juicios, a reaccionar y a elegir con criterios más allá de la utilería.
Ingenuidad. Se es caricatura cuando se piensa que el hombre y la mujer no necesitan más pensamientos que un circulito que envuelva un ¡guau!, junto a unos ojos atónitos que dicen ¡yupi! ante la imagen de un pedazo de cuerpo desnudo mandado por celular.
Se es caricatura cuando se cree que el cuerpo enviado en realidad no es su cuerpo, sino el de una caricatura y luego, ante la extorsión, reconoce que usted no es una caricatura.
Se es caricatura cuando no se aprende el lenguaje de la seducción y solo se desea el cuerpo de al lado, pero ya, pero ya. Sea que esté vestido o vestida de hípster, de ecoartista, de diverso, de administrador de empresas, ingeniero o escritor, se comporta como una caricatura.
Caricaturas vivientes que no aprendieron el tiempo de las necesidades humanas, ni su espacio, ni sus arquitecturas psíquicas, y menos sus derechos. Caricaturas usadas por el capital para extraer lo singular, lo intrínseco, lo valiente y soberano del ser humano. Última mina que le queda por explotar.
No se trata de un mundo perfecto, sino de regresar a la humanidad, a los humanos, para que reforesten las viejas minas y dejar las caricaturas para lo que son: entretenimientos de tardes infantiles.
La autora es escritora.