René Castro. 6 mayo

Este año hemos propuesto el lema “Que nadie se quede atrás” para utilizarlo en todas las celebraciones relacionadas con el agua. Además, hemos hecho hincapié en el acceso al agua como derecho humano.

El eslogan también es el alma del compromiso de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, con la cual se pretende que todas las personas en todos los países se beneficien del desarrollo socioeconómico y logren el pleno goce de los derechos humanos. La producción de alimentos y la agricultura utilizan aproximadamente el 70 % del agua, y el restante 30 % se reparte entre usos industriales y el consumo humano, principalmente, en las ciudades. Conforme más gente se traslada del campo a la ciudad, más intensa será la competencia por el agua fresca.

El papa Francisco ha escrito sobre la necesidad de responder “con hechos concretos”, no solo con “el mantenimiento o perfeccionamiento de estructuras hidráulicas”, sino también “invirtiendo en el futuro, educando a las nuevas generaciones para el uso y cuidado del agua”.

Proveer a las comunidades rurales no solo de acceso al agua, sino también del conocimiento para manejar el recurso de manera sostenible es fundamental para promover el desarrollo sostenible en las comunidades rurales. Este fue el tema principal de la carta leída por monseñor Fernando Chica Arellano, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO, durante la celebración del Día Mundial del Agua.

Recientemente, en nuestros diálogos con el Vaticano, uno de los expositores nos decía: “Los religiosos entendemos bien el eslogan de no dejar a nadie atrás. La Biblia lo predica mediante la parábola del buen pastor. Quien al descubrir que se le había perdido una oveja, deja su rebaño en custodia y va en busca de la oveja perdida”. Si alguien se nos queda atrás, toda la humanidad pierde y sufre esa pérdida; es un reto moral.

Millones a secas. No obstante, aún hoy, no todos tienen la suerte de acceder a este recurso en un modo estable y continuo. De acuerdo con el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos, publicado este año, 4.000 millones de personas —casi dos tercios de la población mundial— padecen escasez grave de agua durante un mes al año. En muchas regiones desérticas, mujeres y niños caminan durante horas para llenar sus recipientes tanto para cocinar como para el aseo personal.

Acceder al agua crea bienestar general en la población e impulsa un crecimiento inclusivo. Lo anterior trae consigo repercusiones positivas en la vida de miles de millones de personas ya que afecta todas las actividades: seguridad alimentaria, energía, salud humana y bienestar del medioambiente.

Usar mal el agua implica más fertilizantes en nuestros cultivos y más suelos erosionados con el consecuente aumento de emisiones de CO2 concentrándose en la atmósfera y exacerbando irresponsablemente el cambio climático.

Podemos contribuir con gestos simples: al no desperdiciar la comida se ahorra el agua utilizada para producirla, si se compran productos cultivados sosteniblemente eso implica que se usó menos agua en cada tomate, piña o arroz cosechado.

Tenemos un largo camino por delante para convertir el acceso al agua en un derecho humano, pero debemos acelerar el paso.

El autor es ingeniero civil.