Óscar Arias Sánchez. 14 marzo

Es muy fácil criticar a Donald Trump. Demasiado como para que tenga algún mérito hacerlo. El presidente Trump es el más inculto de los inquilinos de la Casa Blanca que los Estados Unidos se han infligido a sí mismos y al mundo entero desde los tiempos de George Washington.

Hay jefes de Estado que gobiernan por el respeto y la autoridad que inspira su sabiduría. Otros gobiernan por el terror. Donald Trump no pertenece a ninguna de estas categorías.

Él encarna los peores antivalores que cualquier presidente estadounidense haya profesado. Es xenófobo, racista, misógino, narcisista, arrogante e ignorante. Todo ser normal primero piensa y después habla. El inquilino de la Casa Blanca, ciertamente, parece que no actuó de esta manera cuando manifestó: “¿Para qué necesitamos a gente de países de mierda?”.

Sin embargo, no debemos precipitarnos en cubrirlo de fango porque si usamos nuestras herramientas analíticas, nuestro aparato crítico contra nuestra propia sociedad, encontraremos muchos de los rasgos que más censuramos en Trump operando alegre e impunemente en nuestro propio territorio.

Autocrítica. Dejemos de lado los patrioterismos y seamos realmente patriotas: el patrioterismo es ciego, fanático y etnocentrista; el patriotismo se revela en la capacidad de autocrítica: es riguroso y objetivo. Ahora bien, visto desde la perspectiva del patriotismo, podríamos concluir que nuestro repudio hacia Trump obedece, en alguna medida, al “efecto espejo”. Muchos de nosotros repudiamos en él las cosas que repudiamos también en nosotros mismos porque la verdad es que Costa Rica también es xenófoba, racista, misógina y etnocentrista, no de la manera como lo es Trump, sino de un modo más implícito, más velado, pero igualmente insidioso.

Nuestra xenofobia y nuestro racismo no están en ninguna de nuestras leyes. Mucho peor que eso: habitan y colonizan nuestras mentes y nuestros espíritus. Es fácil modificar una ley, pero erradicar un prejuicio enquistado en la mente de una colectividad es sumamente difícil. Es una tarea que llevaría siglos de desprogramación de estereotipos, de apertura de espíritus, de revisión de nuestros cánones éticos y humanos.

Es en el subconsciente colectivo de una nación donde hacen nido los prejuicios: nacen con una palabra, con un chiste de doble sentido, con una caricatura, con un meme, con un tuit, con una murmuración, con una mirada burlona u hostil, o cuando no aceptamos que todos los seres humanos somos diferentes y no logramos integrar esas diferencias a nuestras culturas.

Migración forzada. Que Donald Trump nos sirva como un propiciador de la autocrítica: he ahí lo que debemos procurar. La historia de nuestro país se ha caracterizado por su hospitalidad, por acoger con brazos abiertos a los migrantes que han llegado de diversas latitudes, los que vienen de Nicaragua, de Colombia, de República Dominicana, de Venezuela y de países menos afortunados que el nuestro, y que requerían de la mano salvadora que se extiende para socorrer al náufrago que implora ayuda.

Como lo he dicho muchas veces, la pobreza no necesita pasaporte para viajar. Nadie abandona su país, deja todo aquello que ama, se embarca en la amarga aventura de ir a buscar otra tierra, otra patria, si no es porque en su propio país es profundamente infeliz.

Ya ese solo hecho debería bastarnos para abrir nuestros brazos y recibirlos con amor y compasión. Y lo hemos hecho. Pero allá, en el fondo de nuestras conciencias, habitan aún algunas larvas de racismo y xenofobia. Lo dice un rasgo entre mil, uno que nunca miente: nuestro sentido del humor y la frecuencia con que nuestros migrantes son objetos del chiste degradante.

Debemos aprender que todos somos diferentes y que esas diferencias deben inspirarnos respeto. Que toda diferencia es irreductible y debemos celebrarla porque es parte de la infinita y hermosa diversidad humana. Diversidad de lenguas, de credos religiosos, de preferencias sexuales, de manifestaciones culturales, de cánones estéticos, de gastronomía. Diversidad en la manera de afrontar la vida.

Por más que queramos creerlo, no somos un país modelo, un país ideal, la utopía de Tomás Moro o la república de Platón. No encarnamos la quimera de la nación perfecta por la simple razón de que somos humanos, y lo propio del ser humano es errar y ser imperfecto. Pero avanzamos hacia esa arcadia, ese litoral entrevisto en lontananza, y eso es lo importante: ir en la dirección correcta. ¿Para nunca llegar? Puede ser, pero llegar no es aquí lo crucial. Lo crucial es cómo viajaremos hacia ese El Dorado, es la travesía y no el puerto de llegada. Hacer que ese viaje de la humanidad hacia lo mejor de sí misma sea efectuado en paz, en armonía, con solidaridad y mutua comprensión, y que celebremos el valor más preciado que tiene la especie humana: su diferencia, su alteridad.

El autor es expresidente de la República.