Gustavo Román Jacobo. 29 junio, 2019

Conservo una colección de memes en los cuales se acusa al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) de parcialidad política. Los memes, cómicos o mordaces, son documentos valiosos de análisis a la hora de trabajar en percepciones y discursos sobre una institución.

Unos parecieran espontáneos, nacidos de una rabia sedimentada. Otros, la mayoría, tienen características que delatan su manufactura especializada y en serie. Creo que hay quienes están pagando por su elaboración y difusión. Su goebbeliano estribillo es: en el 2018 hubo fraude electoral y el TSE está controlado por el PAC.

Más que inverosímil es descabellado, pero ello no les resta importancia si se considera, por ejemplo, que la Cicig está por desaparecer en Guatemala porque convencieron a la gente de que era el caballo de Troya de la “ideología de género” y del comunismo internacional de la ONU.

A mí, particularmente, me ha asombrado esta narrativa demencial por una razón biográfica: entré a trabajar al TSE a finales del 2005, cuando empezaba a cuajar el relato de que el organismo electoral era controlado por el PLN. Liderados por “científicos sociales”, tan leales a la falsación popperiana de sus hipótesis como los antivacunas a la investigación clínica, había un grupúsculo de salvadores de la patria que incluía al TSE (y a medio mundo más) en esa entelequia que llamaban la “dictadura de los Arias” (a esta hora no sé si esos académicos ya habrán publicado tesis que expliquen cómo fue que, sin revolución ni transición a la democracia, acabó cayendo dicho régimen dictatorial).

Y, bueno, así se mantuvo el cuento por casi una década, época durante la cual me hubiera resultado imposible creer que, al cabo de unos pocos años, venderían (¡y habría gente que compraría!) el libelo de que favorecemos al PAC.

Novatada mía. Quienes ya peinan canas en la institución me han contado que, durante los ocho años del PUSC en el poder, se nos acusaba de parcializados hacia esa agrupación, infundio simpáticamente sintetizado en el mote de “plaza Garibaldi” para referirse al TSE. Así que nada nuevo bajo el sol.

Desde Galeano sabemos que todo buen hincha del fútbol sabe que si su equipo pierde fue por culpa del árbitro… y que si gana fue a pesar del árbitro. Aunque uno quisiera una democracia de ciudadanos informados y no de barras bravas fanatizadas, lo cierto es que, aunque poquitos, hay quienes han acusado al TSE de estar contra el partido A, quienes lo han acusado de estar contra el B, quienes lo han acusado de estar contra el C y, también, los más loquitos, que habiendo saltado por dos, tres y hasta cuatro partidos, siempre han denunciado que el TSE está en su contra (sí, cual siniestra sombra empeñada en impedir que cumplan el egregio destino que su mamá les convenció que tenían).

¿Cómo operan estas teorías de la conspiración? Lo más sorprendente es que no tienen nada de ingenioso. Primero, se escoge, dentro de un universo de hechos, unos cuantos, los adecuados. Segundo, se les asocia, con prescindencia de todos los demás, para asignarles sentido. Un sentido que no se presenta como construido —que en realidad lo es—, sino como develado. Ese es el tercer paso. El cuarto es el de empacado y distribución: el sentido construido es la base del relato, que puede adaptarse a muy diversos formatos: memes, arengas audiovisuales, panfletos, engolados soliloquios desde la cátedra universitaria, etc. Y, por último, el quinto paso: repetir y repetir. Se repite ad nauseam. Posicionado en la memoria a largo plazo como modelo mental, el relato se convierte en marco interpretativo de todo lo que acontece en lo sucesivo. Una vez que el sujeto “ha descubierto la verdad”, encuentra en sucesos posteriores “evidentes” confirmaciones de que “las cosas son así”.

Papel de los medios. En el proceso, claro, desempeña un papel preponderante, para bien y para mal, la prensa. La prensa, en general, y los periodistas, en particular. Pueden ser canales o víctimas de esta industria de la mentira. Frente a las teorías de la conspiración, los periodistas tienen tres caminos: el seguido por la mayoría de los medios, a raíz de la crisis de su modelo de negocios, el del periodismo “plataforma”. Una declinación de funciones consistente en poner el micrófono a las diversas versiones y que la audiencia, abandonada a su suerte, juzgue por sí misma.

El del periodismo “basura”, descrito en sus últimas novelas por Vargas Llosa (Cinco esquinas) y Umberto Eco (Número cero), que actúa aliado a los profetas del caos aniquilando reputaciones y rentabilizando y diseminando el pánico social, con sesgos intencionados o con mentiras descaradas.

Y el del periodismo de calidad, el cual investiga y verifica; indaga y concluye. Que ofrece hechos contrastados. Que sobre esos hechos puede hacer valoraciones y promover causas ideológicamente signadas, pero sobre la base de hechos, respetando los hechos. Este tercer tipo de medios y periodistas, última esperanza de la democracia, es hoy víctima del ataque de aquellos a quienes les desmontan sus patrañas y de la indiferencia de unos consumidores que no han acabado de entender que el hundimiento de la base financiera de ese servicio público llamado periodismo precederá indefectiblemente al hundimiento de nuestras democracias.

De espontáneo todo esto tiene poco. Hay propaladores del caos. Expendedores de lo que Bauman llamó “miedo líquido”. Saben qué tipo de perfil resulta atractivo y potable electoralmente en escenarios de incertidumbre y crispación. Buscan disparar la indignación y la ansiedad. Lo quieren a usted irritado y tenso para luego venderse a sí mismos como su salvador. Saben cómo canalizar hacia chivos expiatorios la violencia que alientan.

El problema es que, en Costa Rica, tienen un obstáculo para su estrategia: la solidez de la institucionalidad electoral. Solidez institucional y cultural. La primera, acreditada y celebrada en todo el mundo, donde llama la atención lo insólito de que un país centroamericano, en vías de desarrollo y de renta media posea uno de los mejores organismos electorales del mundo. Y la solidez cultural, entendida como arraigo de prácticas electorales profundamente enraizadas en la construcción identitaria nacional del costarricense. No es de extrañar que hayan optado por enfilar sus baterías contra las autoridades electorales y quieran minar el aprecio que sentimos por nuestra forma tradicional, pacífica y civilista de resolver las naturales diferencias que surgen entre nosotros.

Se equivocan. Serruchan la rama sobre la que están sentados. Sobre la que todos estamos sentados, de hecho. Si perdemos nuestra estabilidad democrática no habremos perdido algo importante. Lo habremos perdido todo. En palabras de David Held, “la democracia es el único gran o metadiscurso que puede enmarcar o delimitar legítimamente los discursos enfrentados de nuestra época”. Dinamitar sus mecanismos es envenenar el aire. El de todos. Un acto de maldad, sí, pero también de insensatez.

Pacto de convivencia. Este año hace 70, nuestros abuelos, cuando todavía olía a sangre y pólvora de una guerra desatada a partir de un conflicto electoral, idearon un organismo electoral sui generis. Sin complejos, como eran, no tuvieron reparos en diseñarlo como nadie lo había hecho, conscientes de que estaban creando la piedra angular de un pacto de convivencia que debía servir, en lo inmediato, a su generación para superar el trauma de la guerra y, por décadas, a las subsiguientes para evitarles ese, el más amargo de los tragos.

Sobre el particular, así argumentaba Rodrigo Facio: “Las resoluciones del Tribunal Supremo de Elecciones no tienen ningún recurso. Por lo menos yo, no conozco ninguna Constitución americana o europea donde se disponga tal caso, e incluso en aquellos casos en que se crea un Tribunal Electoral, siempre se deja en manos del Congreso, como era entre nosotros al tenor de la Carta de 1871, la declaratoria definitiva de las elecciones populares. Yo sé que nuestra solución no es ortodoxa, que no se conforma con la doctrina clásica en cuanto a relación de los Poderes Públicos y en cuanto a juzgamientos de las elecciones por algún cuerpo derivado a su vez de elecciones; pero yo estoy seguro (de) que hemos interpretado bien las aspiraciones nacionales cuando hemos innovado en la forma dicha, y puesto la resolución de los procesos electorales en manos de un augusto tribunal superior que juzga en única instancia de ellos.

”Cuando estudiábamos estos puntos en la Comisión Redactora, alguien decía que, qué pasaría si el Tribunal fallaba mal, por pasión, por partidarismo, no teniendo sus resoluciones recurso alguno, y la respuesta era la de que en ese caso habría que hacer una nueva revolución. Pero, más en serio, pensábamos que no se corre ese peligro, pues el Tribunal, por su origen, su organización y sus finalidades, no tendrá nunca la tentación ni tampoco los medios materiales para forzar un fallo injusto o permitir un fraude electoral. Yo creo que la solución es buena, en alto grado institucionalizadora”.

Tenía razón. Quien medio entienda cómo funcionan los procesos electorales en Costa Rica sabe que, aunque quisieran, los magistrados electorales no podrían torcer la voluntad popular porque carecerían de los medios para ello. Son procesos íntegros, como lo han constatado las más rigurosas evaluaciones nacionales e internacionales de nuestras elecciones. Pero, además, y aquí permítanme lo testimonial, lo son porque son dirigidos por personas probas, que saben lo que hacen porque conocen muy bien su oficio y que aman a este país. Y a mí, francamente, me honra trabajar con ellos.

El autor es abogado.