Velia Govaere. 15 febrero

En el escenario de los Estados Unidos, como tablado, y el mundo espectador, como audiencia, en la escogencia de un demócrata apto para derrocar a Trump, se juega mucho destino.

Pareciera tarea sencilla. No lo es. A pesar de sus falencias y caótica conducción del ejecutivo, Trump se presenta como un rival formidable. Los contendientes demócratas, en cambio, con todo y sus virtudes, no se muestran todavía a la altura de la faena.

Las primarias del Partido Demócrata necesitan una figura desafiante y unificadora. Es temprano aún, pero, por lo pronto, no parecen estar lográndolo.

El empoderamiento de Trump es de difícil entendimiento. Por mucho que leo explicaciones, poco me convencen. Existe un contraste insondable entre la fuerza política que ha logrado cimentar y las formas políticamente aberrantes con que ha logrado su indiscutible posicionamiento.

Si se granjea el rechazo de la mitad de la población, goza, por otra parte, de consolidada popularidad y control absoluto del Partido Republicano.

Se ha adueñado de la narrativa pública con sistemático menosprecio por la tradición política del país. Agrede aliados, alaba autoritarios y vuelve errático el liderazgo estadounidense en zonas decisivas para la paz mundial.

Nada de eso hace mella en su imagen de invulnerabilidad. La propia institucionalidad estadounidense, que precedió a la Revolución francesa, sufre embates que hacen nugatorio el sistema de pesos y contrapesos. Que no se me diga que eso se explica fácilmente. Notoriamente, sabe mantener fiel su base de apoyo, lo que indica la existencia de un segmento indignado y políticamente desatendido al que él apela.

Salidas y libros. No ha existido presidencia alguna con tanta rotación de personal de alto rango. Algunos de sus funcionarios depuestos han escrito libros de espantos sobre el caos reinante en la presidencia. Pero esa probada disfuncionalidad de caprichoso diletantismo no impide su creciente fortalecimiento.

La polarización del país es total. Solo un 1 % de los ciudadanos no tiene criterio sobre su presidente. Gallup le otorga un 49 % de apoyo, esta semana, justo después de haber sido absuelto en el impeachment.

Igualmente increíble es el empuje que ha experimentado el Partido Republicano al apoyarlo. Se podría haber pensado que el electorado castigaría su alineamiento incondicional con Trump. Ocurrió lo contrario. En efecto, los republicanos sufrieron los embates del repudio a Trump en las elecciones de medio período, ofreciendo a los demócratas una mayoría en la Cámara de Representantes.

Aun así, en estos momentos, por primera vez, desde hace 15 años, el Partido Republicano tiene índices de aprobación superiores al 50 %.

Resultados a favor. Los resultados favorables del impeachment y el buen estado económico de la nación, de crecimiento sostenido y alto nivel de empleo, han mejorado, sin duda, las perspectivas electorales de Trump. No obstante, sus embestidas contra visiones muy caras al imaginario estadounidense han generado un fuerte desafecto.

Nunca antes un presidente con números económicos tan favorables ha generado tanta animosidad. El 50 % de los votantes manifiestan que Trump no merece la reelección. Con ese talante y rechazo cualquiera lo pensaría fácil de derrotar. No es así.

Los demócratas han visto mermar su respaldo entre los electores, del 48 % al 44 % de apoyo. En esas condiciones, desde muchos ángulos adversas, se abren las primarias demócratas, como caja de sorpresas. La primera era inimaginable. En Iowa y Nuevo Hampshire se desplomó el respaldo del exvicepresidente Biden, supuesto mejor rival contra Trump, que iba con 25 puntos de ventaja sobre sus contendientes demócratas.

La caída de Biden consolidó a Sanders, el demócrata más radical. Le ayudó también la caída de Warren, su competidora en el espacio populista. Quedó, así, Sanders posesionado del espectro de izquierda, favoreciendo su apropiación del electorado joven más radical, pero ahondando la brecha con los mayoritarios electores de centro.

Otra sorpresa fue el ascenso imprevisto de dos candidatos moderados: Buttigieg y Klobuchar. Eso fue algo inesperado. Y las sorpresas no terminan. Hay un gallo tapado. El milmillonario Mike Bloomberg está poniendo ingentes recursos de respaldo a una campaña de último momento, que verá sus primeros resultados en el supermartes del 3 de marzo, donde se competirá simultáneamente en 14 estados.

Bloomberg se presenta también como candidato de centro y pareciera llegar a dividir aún más ese segmento de votantes contrarios a opciones populistas.

Problema demócrata. Sumadas todas las preferencias de centro superan el apoyo de Sanders, pero están divididas. Eso le favorece, pero no le asegura una victoria porque, en su gran mayoría (56 %), demócratas e independientes no se decantan por diferencias ideológicas, sino, fundamentalmente, por la presunta capacidad que tenga un candidato de ganar las nacionales. Ahí, los anticuerpos que genera el radicalismo de Sanders no le hacen tiquete ganador.

El gran problema demócrata es ideológico y, en ese sentido, absurdo. El 42 % de los demócratas e independientes no estarían dispuestos a apoyar una candidatura diferente a sus visiones, aunque pudiera deponer a Trump. Eso muestra que no se ha entendido cabalmente el peligro trascendente de un nuevo período de Trump.

La polarización nacional ha minado la consistencia de un liderazgo demócrata unificador. Recordemos el triste antecedente de la derrota de Hillary, cuando el ala más radical de Sanders no la respaldó en las nacionales, en zonas como el rust belt, decisivas para el triunfo de Trump, en el 2016.

El 3 de marzo se despejarán algunas incógnitas. Eso no alterará las dificultades de los postulantes demócratas para liderar al partido con una orientación unificadora y ofensiva.

Estas condiciones de fortaleza y unidad de Trump y del Partido Republicano frente a la fragmentación y debilidad estructural de los candidatos demócratas nos anuncia una batalla por la Casa Blanca cuesta arriba y empedrada.

La autora es catedrática de la UNED.