Nouriel Roubini. 25 septiembre

NUEVA YORK– En el clásico juego del gallina, dos automovilistas corren directamente el uno hacia el otro, y el primero en desviarse para evitar el choque es el “perdedor”. Pero si ninguno se desvía, es probable que los dos mueran.

El estudio de esta clase de situaciones se ha usado para evaluar los riesgos de las rivalidades entre grandes potencias. Por ejemplo, durante la crisis de los misiles cubanos, las dirigencias de la Unión Soviética y de Estados Unidos tenían que elegir entre perder el honor o arriesgarse a una colisión catastrófica. La pregunta que se hace siempre es si se puede hallar una solución intermedia en la que cada parte salve, a la vez, la vida y la credibilidad.

La buena noticia es que en los cuatro escenarios descritos, cada parte todavía dialoga con la otra, o puede estar dispuesta a un diálogo bajo determinadas condiciones honrosas.

En el mundo de hoy, se desarrollan varios juegos del gallina de carácter geoeconómico. En cada caso, si no se encuentra una solución, habrá un choque entre ambas partes y el resultado más probable será una recesión global y una crisis financiera.

El primero y más preocupante es el conflicto comercial y tecnológico entre Estados Unidos y China. El segundo es la disputa que se está gestando entre Estados Unidos e Irán. Luego, en Europa, tenemos la escalada del juego de nervios entre el primer ministro británico, Boris Johnson, y la Unión Europea en relación con el brexit. Y, finalmente, Argentina, que tras la probable victoria del peronista Alberto Fernández en la elección presidencial del mes entrante puede terminar en rumbo de colisión con el Fondo Monetario Internacional.

En el primer caso, una guerra plena comercial, monetaria, tecnológica y finalmente guerra fría entre Estados Unidos y China extendería la actual desaceleración de la industria, el comercio y el gasto en capital al sector servicios y al consumo privado, lo que empujaría a Estados Unidos y a las economías globales a una recesión significativa.

En tanto, un conflicto militar entre Estados Unidos e Irán elevaría el petróleo a más de $100 por barril y eso generaría una estanflación (recesión con aumento de la inflación). Es lo que sucedió en 1973 durante la Guerra de Yom Kippur, en 1979 después de la Revolución iraní, y, en 1990, tras la invasión iraquí a Kuwait.

En cuanto al brexit, un choque entre ambas partes tal vez no baste para causar una recesión global, pero sin duda iniciaría una en Europa, que luego se derramaría a otras economías. La visión convencional indica que un brexit duro produciría una grave recesión en el Reino Unido, pero no en Europa, porque el primero es más dependiente del comercio bilateral que la Unión Europea. Pero es una visión ingenua. La eurozona ya padece una marcada desaceleración y una recesión industrial; y los Países Bajos, Bélgica, Irlanda y Alemania —que se acerca a una recesión— dependen intensamente del mercado de exportaciones al Reino Unido.

La confianza empresarial en la eurozona ya está deprimida como resultado de las tensiones comerciales chino-estadounidenses y un brexit caótico sería la gota que rebose el vaso.

Basta con imaginar miles de camiones y autos haciendo fila para cumplir los nuevos procedimientos aduaneros en Dover y Calais. Además, una recesión europea tendría repercusiones con capacidad de debilitar el crecimiento en todo el mundo y, tal vez, iniciar un episodio de huida del riesgo. Podría incluso causar nuevas guerras de monedas, si el euro y la libra se devaluaran demasiado respecto de otras divisas, en particular, el dólar.

Una crisis en Argentina también puede tener consecuencias globales. Si Fernández derrota al presidente, Mauricio Macri, y hunde el programa de $57.000 millones acordado con el FMI, Argentina sufrirá una repetición de la crisis monetaria con impago de deuda del 2001.

Lo anterior conduce a un proceso más general de fuga de capitales desde los mercados emergentes y, en consecuencia, una posible crisis en países muy endeudados como Turquía, Venezuela, Pakistán y el Líbano, y complicar la situación de países como la India, Sudáfrica, China, Brasil, México y Ecuador.

La mala noticia es que todos todavía están muy lejos de cualquier forma de acuerdo. Para peor, la mezcla incluye unos egos enormes, y algunos de ellos tal vez preferirían chocar antes que ser vistos como gallina.

En los cuatro escenarios, las dos partes en pugna luchan por mantener el honor. El presidente estadounidense, Donald Trump, quiere un acuerdo con China para estabilizar la economía y los mercados antes de buscar la reelección en el 2020; el presidente chino, Xi Jinping, también quiere un acuerdo para detener la desaceleración de China. Pero ninguno quiere ser el “gallina” porque eso debilitaría su posición política interna y empoderaría al otro lado. Sin embargo, de no llegarse a un acuerdo antes de fin de año, la colisión se volverá más probable; el riesgo de un mal resultado se acrecienta cada minuto que pasa.

Trump también creyó que podía intimidar a Irán con el abandono del Plan de Acción Integral Conjunto y la imposición de graves sanciones. Pero los iraníes respondieron con una escalada de provocaciones regionales porque saben que Trump no puede permitirse una guerra total y el encarecimiento del petróleo que traería aparejado.

Además, Irán no iniciará negociaciones que den a Trump una oportunidad para la foto hasta que se levanten algunas sanciones. Como ninguna de las partes quiere dar el brazo a torcer —y la administración Trump tiene detrás a Arabia Saudita e Israel que la incitan a seguir—, el riesgo de choque es cada vez mayor.

Tal vez, inspirado por Trump, Johnson creyó ingenuamente que podía usar la amenaza de un brexit duro para intimidar a la Unión Europea, y así sacarle un acuerdo de salida mejor al obtenido por su predecesora. Pero ahora que el Parlamento aprobó una ley contraria a un brexit sin acuerdo, Johnson está en dos juegos del gallina simultáneos. Aunque todavía es posible hallar una solución para la “salvaguarda” irlandesa antes del 31 de octubre, la probabilidad de un brexit duro de facto también está en aumento.

En lo referido a Argentina, ambas partes están iguales. Fernández quiere un mandato electoral claro, y hace campaña con el mensaje de que Macri y el FMI son los culpables de todos los problemas del país. La carta de poder del FMI es obvia: si cancela el próximo tramo de $5.400 millones y pone fin al programa de ayuda, Argentina sufrirá otro colapso financiero.

Pero Fernández también tiene una carta de poder porque una deuda por $57.000 millones es un problema para todo acreedor; un colapso argentino limitaría la capacidad del FMI para ayudar a otras economías en dificultades. Como en los otros casos, una solución intermedia honrosa es lo mejor para todos, pero la posibilidad de colisión y debacle financiera no se puede descartar.

El problema es que para hallar esa solución, ambas partes tienen que bajar tensiones; pero la lógica táctica del juego del gallina recompensa el comportamiento temerario. Si hago que parezca que ya no tengo forma de torcer la dirección de mi auto, a la otra parte no le queda más opción que desviarse. Pero si las dos partes arrojan el volante por la ventana, ya no podrán evitar el choque.

La buena noticia es que en los cuatro escenarios descritos, cada parte todavía dialoga con la otra, o puede estar dispuesta a un diálogo bajo determinadas condiciones honrosas. La mala noticia es que todos todavía están muy lejos de cualquier forma de acuerdo. Para peor, la mezcla incluye unos egos enormes, y algunos de ellos tal vez preferirían chocar antes que ser vistos como gallina.

De modo que el futuro de la economía global está pendiendo de cuatro juegos de nervios que pueden terminar de cualquier manera.

Nouriel Roubini: es director ejecutivo de Roubini Macro Associates y profesor de Economía en la Escuela Stern de Administración de Empresas de la Universidad de Nueva York.

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