Columnistas

Página quince: Cómo proteger la democracia

Conocer los pecados capitales de la democracia enferma, ayudará a mejorarla.

Fernando Zamora
Fernando Zamora

Es imposible reconocer las condiciones que fortalecerían nuestra democracia sin antes comprender cuáles patologías la enferman. Por ello, intentaré una síntesis, la de comprender los síntomas y enumerar nociones para su mejora.

Iniciemos repasando los “pecados capitales” de una democracia enferma. El primero de ellos es cuando se generaliza en la clase política una vocación codiciosa por el poder, hasta llegar al extremo de buscarlo o, peor aún, mantenerlo de una forma abusiva e insana. En esencia, desconfíen de aquellos que se obsesionan por alcanzar el poder y hacen de sus intentos y reintentos por conquistarlo una forma de vida.

El segundo es la tentación del autoritarismo porque puede derivar en totalitarismo, que es la máxima expresión de esta anomalía del ejercicio del poder político. El autoritarismo empieza como síntoma de la democracia enferma, que impregna progresivamente el tejido político alrededor de quienes ejercen el poder, al extremo que, combinado con una ideología política o algún credo perverso, se impone. El control sobre todos los aspectos de la vida ciudadana es absoluto. De ahí las tres grandes ilustraciones de la historia reciente: el marxismo, el fascismo y los regímenes de las teocracias islámicas.

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