Carlos Alberto Montaner. 2 noviembre, 2019

El Diario de Cuba le contó a Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, 22 faltas de dicción en el discurso de 17 minutos ante los no alineados. Es cierto: habla “con un tabaco en la boca”, aunque no fuma puros, como algunos villaclareños, y trastoca la erre y la ele, algo habitual en ciertas zonas de Andalucía y el Caribe.

Pero más grave fue lo que destacó 14 y Medio, otra publicación de la oposición: un garrafal disparate en el terreno de la homofonía o paronimia. Díaz-Canel confunde los verbos propiciar y propinar.

El mandatario cubano felicitaba a Alberto Fernández y Cristina Kirchner, y escribió en Twitter: “Merecido triunfo que propicia (sic) una derrota al neoliberalismo”. Supongo que quería decir propina.

Tampoco sabe que el “neoliberalismo” no existe. Es una etiqueta vacía utilizada por los socialistas de todo pelaje para descalificar a sus adversarios.

Ricardo López Murphy, brillante economista argentino, amenaza a sus nietos con esa pavorosa fabricación: “Acuéstense o viene el neoliberal a devorarlos”. El fantasmagórico neoliberal es la versión moderna del hombre del saco.

Monstruos a favor de los pobres. Lo que existe son algunas medidas económicas sensatas que defendemos los liberales, aunque vaya por delante que el liberalismo es, primero, una convicción moral; en segundo término, una cuestión legal; y, por último, ciertas propuestas económicas surgidas de la experiencia.

Por ejemplo, controlar la inflación (el más devastador fenómeno contra los pobres), contar con una baja presión fiscal, limitar el gasto público y el número de funcionarios al nivel de los ingresos, y tener pocas regulaciones (las indispensables), dado que la experiencia nos indica que esa es la hendija por la que suele colarse la corrupción.

No se trata de que desaparezca el Estado, sino de que haga bien las tareas que le hemos encomendado. Fundamentalmente, que proteja la seguridad de los individuos y sus propiedades; que los crímenes y las violaciones de la ley no queden impunes, incluidos los destructores encapuchados y los saqueadores; y que tutele y estimule imparcialmente la presencia de mercados abiertos absolutamente hospitalarios con los emprendedores.

En cuanto a la salud y la educación, es muy necesario potenciarlas como un esfuerzo conjunto de la sociedad, pero sin colocarlas directamente bajo el control del Estado.

Es preferible pagar esos servicios mediante váucheres para que las familias elijan los mejores hospitales y escuelas, como hacen en Suecia desde el fracaso del estatismo a principios de los años noventa, para conseguir que las instituciones compitan y no se duerman sobre los laureles.

Libertad en sociedad. Esa es la verdadera distinción entre liberales y socialistas. Los liberales pensamos que los individuos son capaces de tomar las mejores decisiones personales, mientras los socialistas están seguros de que es preferible que esa selección la haga el Estado.

Los trabajos del premio nobel de economía James M. Buchanan debían haberle puesto punto final a esa eterna discusión.

Buchanan y sus discípulos demostraron con sus estudios (Escuela de Virginia) que los funcionarios y los políticos, como todo hijo de vecino, toman decisiones en procura de sus propios beneficios electorales y económicos, no en aras de un hipotético “bien común” (The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy, por James M. Buchanan y Gordon Tullock).

Por eso, son mil veces preferibles las cuentas privadas de capitalización y ahorro para las pensiones —por ejemplo, las 401(k) de Estados Unidos o las AFP chilenas)— que los fondos públicos, siempre al alcance de la “contabilidad creativa” de políticos y funcionarios deshonestos interesados en fomentar la clientela con el dinero de otros.

Falibilidad. Esto no quiere decir que los individuos tomen siempre las decisiones correctas. Los argentinos llevan setenta años equivocándose sistemáticamente. Los cubanos aplaudimos delirantemente la llegada de Fidel Castro al poder. Los venezolanos lo hicieron mayoritariamente con Hugo Chávez y, más tarde, con Nicolás Maduro.

Los dictadores Daniel Ortega, de Nicaragua, y Evo Morales tienen el respaldo de, cuando menos, el 20 % del censo nacional. Errar es de humanos, pero mucho más humano es persistir en el error.

[©FIRMAS PRESS]

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor, publicará próximamente sus memorias bajo el título “Sin ir más lejos”.