
Una gran parte de mi vida dedicada a la búsqueda de la paz me ha enseñado que, en realidad, no hay en ella nada de ilusorio, ni de ingenuamente idealista. La paz no es un sueño, sino una ardua tarea que no se asume por ser fácil, sino por ser necesaria.
La paz no es el producto espontáneo de ciertas almas iluminadas, sino el laborioso trabajo de seres imperfectos que luchan cada día por aprender el arte del diálogo, de la persuasión y del respeto.
La paz no nace, se hace. Al igual que la libertad, es una conquista. No se recibe como una medalla, sino que se aprende como una disciplina.
Las lecciones de nuestra historia, con las experiencias que nos han enseñado, nos muestran que no siempre se llega a la paz por las armas o por la guerra. Se llega a la paz poniendo al ser humano en el centro de nuestras preocupaciones. Se llega a la paz defendiendo la vida. Se llega a la paz invirtiendo en nuestros pueblos y no en nuestros ejércitos; intercambiando ideas y no armas; conservando bosques y no prejuicios. Se llega a ella cambiando la cultura de la guerra por una cultura de paz en nuestras sociedades. Aunque podría parecer una quimera, espero que llegue el día en que podamos coincidir con Gandhi, quien nos dijo: “No hay camino hacia la paz; la paz es el camino”. Pero no estamos ahí.
El arte de vivir en sociedad es sencillo, pero eso no quiere decir que sea fácil. Por el contrario, requiere de un tipo de valentía diferente a la de los soldados en el campo de batalla. No hablo del valor para tomar las armas, sino para abandonarlas; del valor para escoger el duro camino de la tolerancia y no el vertiginoso descenso a la violencia; del valor para cambiar la retórica combativa, la retórica de los enemigos y de las victorias por la mesurada retórica del diálogo y de los acuerdos. Hablo de cambiar una cultura de guerra por una de paz.
Un título universitario no garantiza per se una escala de valores éticos. Hay en los anales de la humanidad demasiados actos de barbarie ejecutados por personas cultas y con sobrados atestados académicos. Hay demasiados ejemplos de líderes que no usaron su educación más que para sembrar odio y división.
¿De qué le sirve al mundo forjar letrados, si esos letrados no comprenden el valor de una vida? ¿De qué le sirve al mundo formar catedráticos, si esos catedráticos consideran que no hay nada censurable en una invasión militar ilegal? ¿De qué le sirve al mundo educar jóvenes, si a esos jóvenes les da lo mismo que mueran decenas de personas cada día en la más cruenta, la más absurda, la más aberrante de las violaciones a los derechos humanos: el enfrentamiento armado? ¿De qué le sirve al mundo graduar estudiantes si a estos estudiantes no les importa que, por primera vez en la historia de la humanidad, en 2026, el gasto militar mundial haya excedido los 2,7 billones de dólares (trillones, en inglés)?
Estados Unidos y China dan cuenta de más de la mitad del gasto registrado, pero, en promedio, los países destinaron casi un 6% de su gasto gubernamental a las armas. Para ponerlo en perspectiva, esto representa más de 12 veces el monto destinado a la ayuda al desarrollo.
Si algún día queremos que el dinero de nuestros impuestos lo destinen los gobiernos a satisfacer las necesidades más básicas de nuestros pueblos, entonces necesitamos una educación con un norte ético, una educación orientada a preservar la vida como el valor principal de la especie humana.
Si hacemos de la paz una asignación extracurricular, acabará por ser una actitud extracurricular, una rareza de los bohemios y los soñadores. Recordemos que no podemos repetir los errores del pasado y que debemos aprender de ellos. La memoria tiene incidencia sobre la actualidad: nos da una ventaja sobre el tiempo anterior. El recuerdo no es escribano del pasado, sino edecán del porvenir. Bien decía Marco Aurelio en sus Meditaciones que “el tiempo es un río”. Y aunque en ocasiones pretendemos ver el río desde la ribera, lo cierto es que nosotros vamos también navegando y no somos testigos, sino protagonistas de los eventos de nuestra época. El “río” de Marco Aurelio no es otra cosa que nuestra propia conciencia histórica.
La demencia belicista fue una de las peores enemigas del Plan de Paz que negociamos las repúblicas centroamericanas. Incluso aquí, en Costa Rica, las élites económicas y los medios de comunicación se alineaban con los Estados Unidos y abogaban por una escalada militar. En la negociación de la paz, me impulsó siempre la convicción de que, si no lográbamos una salida política, tarde o temprano Costa Rica sería arrastrada en la vorágine.
Cuando firmamos el Plan de Paz, no celebramos la victoria de un país sobre otro, o de un grupo armado sobre otro. No celebramos el aniquilamiento del enemigo, ni la destrucción del contrincante. No celebramos el triunfo sobre el campo de batalla, porque en Centroamérica nadie ganó la guerra. Le ganamos a la guerra, que es distinto. A ese “monstruo grande que pisa fuerte”, en palabras de León Gieco. Centroamérica le ganó a la muerte, y eso es algo que no podemos dejar de recordar y de celebrar.
Cuando recibí la noticia de haber sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz de 1987, no podía creerlo. Lo que yo no sabía era que, en Gotemburgo, el profesor Lars Hanson, el señor Bjorn Mollin y la señora Segerstedt Wiberg me habían nominado para el Premio Nobel de la Paz. Guardo mi imperecedero sentimiento de gratitud hacia ellos.
Recibir un Premio Nobel de la Paz es una extraña encomienda: un galardón que, con mucha frecuencia, implica la responsabilidad de nadar contra corriente. Los demás Premios Nobel (el de Física, el de Química, el de Medicina, el de Economía y hasta el de Literatura) se otorgan por la contribución de una persona a una causa que registra un progreso más o menos lineal. Pero la construcción de la paz nunca ha sido lineal. La construcción de la paz es quizás la tarea más obstruida, más subvertida, más amenazada de todas las que ha emprendido el ser humano desde sus orígenes.
Si cambiamos una cultura de guerra por una de paz, podremos empezar un nuevo capítulo en la epopeya de la humanidad: uno que, como las epopeyas antiguas, no lo escribirá un único autor, sino muchos. Si todos ponemos de nuestra parte; si cada gobierno asume con seriedad las verdaderas necesidades de la humanidad; si cambiamos los paradigmas de la violencia que han gobernado la historia universal, entonces concluiremos con una gloriosa victoria. La victoria de la tolerancia sobre el dogma, la victoria de la convivencia sobre la violencia, la victoria de la paz en nuestros tiempos.
Este Quijote, que tuvo un día la osadía de pelear sin yelmos ni armaduras por la paz de Centroamérica, quiere decirles a los nuevos quijotes que el camino de la paz puede ser largo, tortuoso, incierto, pero es el único camino posible lejos del borde del precipicio.
Somos todavía como Adán y Eva en un paraíso sideral, minutos antes de ser expulsados por nuestra propia soberbia. Depende de nuestra responsabilidad, de nuestra humildad y de nuestra valentía, que no perdamos la oportunidad sobre la Tierra, que no dilapidemos el prodigio de esta vida que nos ha traído angustias y dolores, pero que también nos ha permitido vivir la felicidad.
El inolvidable poeta costarricense, Jorge Debravo, dijo que "la esperanza es de hueso, más poderosa que la imaginación y que el recuerdo". Que esa esperanza, que existe todavía, nos infunda aliento para tomar el relevo de las generaciones pasadas y nos atrevamos a lanzar a la humanidad hacia las vastas comarcas de un mejor porvenir.
Óscar Arias Sánchez es expresidente de la República (1986-1990 y 2006-2010) y Premio Nobel de la Paz.