Columnistas

Optimismo sin anestesia

La tentación de pensar que ‘todo está perdido’ es comprensible, pero también históricamente inexacta. Ningún imperio –ni los más expansivos, ni los más violentos– ha sido eterno

Reloj de arena contra fondo oscuro
Reloj de arena contra fondo oscuro Shutterstock
Reloj de arena contra fondo oscuro
Tal vez, el optimismo que cabe hoy no sea luminoso ni tranquilizador. Es un optimismo áspero, casi a contracorriente. Consiste en aceptar que atravesamos un momento duro, pero que no será así para siempre. Ningún imperio ha logrado eternizarse, ningún autócrata es eterno. (Shutterstock/Imagen)

Ni en el mundo, y en menor grado –pero no menos importante– en Costa Rica, la coyuntura histórica no invita precisamente a la esperanza. El mapa político se ha ido llenando de liderazgos autoritarios, discursos de fuerza, desprecio por los límites jurídicos y una normalización inquietante de la arbitrariedad. La democracia aparece cansada, subestimada; el derecho internacional, cuestionado, y los derechos humanos, tratados cada vez más como obstáculos retóricos. Reconocer ese escenario no es pesimismo: es honestidad, y en primer lugar, debemos ser honestos.

Sin embargo, asumir la gravedad del momento no obliga a concluir que estamos ante el final de la historia, ante la derrota de los ideales. La tentación de pensar que “todo está perdido” es comprensible, pero también históricamente inexacta. Ningún imperio –ni los más expansivos, ni los más violentos, ni los más seguros de sí mismos– ha sido eterno.

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