Leemos menos que antes. Ocurre en Costa Rica igual que en casi todo el mundo, como bien destaca Rose Horowitch en un artículo reciente en The Atlantic titulado: “El fin de la lectura está aquí”.
No solo leemos menos, sino que leemos cosas más simples, más breves, más light. Por ejemplo, los bestsellers del New York Times de hoy en día tienen frases que son un tercio más cortas que las de hace un siglo. Además, entre los adultos que sí siguen leyendo, son cada vez más los que prefieren géneros dirigidos a lectores adolescentes. En el sistema educativo de muchos países, que debiera contrarrestar esas tendencias, más bien se agravan, pues cada vez se exige leer menos libros completos y se usan más resúmenes y extractos.
Una preocupación, que tampoco es solo nuestra, es el deterioro en los resultados sobre la calidad de los aprendizajes de las pruebas PISA. Para el conjunto de los países de la OCDE, las pruebas de 2022 mostraron una caída de diez puntos en lectura respecto a 2018, pero la tendencia venía ya desde 2012, cuando los resultados alcanzaron su punto más alto. La pandemia agravó la caída, pero no fue su causa.
Leer menos nos hace más ignorantes, pues aprendemos menos cosas, pero investigaciones recientes apuntan a un riesgo mucho más grave: el abandono de la lectura no solo nos hace más ignorantes, sino que podría hacernos, literalmente, más tontos.
Como explica el neurocientífico Stanislas Dehaene en su libro El cerebro lector, mientras que el habla se adquiere naturalmente, no ocurre lo mismo con la lectura. Los seres humanos no disponemos de un mecanismo cognitivo innato diseñado para encadenar letras en palabras y relacionarlas con sus equivalentes del mundo real. Para leer, los humanos tuvimos que reorientar hacia la lectura de símbolos regiones del cerebro que naturalmente usábamos para el habla y el reconocimiento de objetos. Hoy sabemos que aprender a leer y escribir transforma el cerebro, y no solo el cerebro infantil; también transforma el cerebro de quienes superan el analfabetismo ya de adultos.
La alfabetización no solo nos dio acceso a más información, sino que expandió nuestra capacidad mental para pensar de forma lógica y abstracta. De ahí la preocupación creciente de que el desplazamiento de la lectura por el consumo audiovisual y digital esté erosionando nuestras capacidades de pensamiento analítico.
Un hallazgo preocupante –y debatido– que podría conectar el declive de la lectura con una posible pérdida de capacidad cognitiva es la reversión de puntajes de coeficiente intelectual que se ha identificado en diversos países avanzados. Aunque aún no se ha establecido una relación causal, son abundantes los estudios que establecen una fuerte correlación entre el abandono de la lectura por el uso de pantallas digitales y el mencionado deterioro de los aprendizajes.
Aquí cabe hacer una distinción crucial: no hay un único tipo de uso de las tecnologías digitales. Sin embargo, el uso que aumenta con más rapidez y amplitud es el consumo pasivo mediante videos cortos y en scrolling, como los de TikTok, YouTube Shorts, Instagram o las historias de Facebook, que ya para 2025 absorbían entre cinco y seis horas del tiempo de pantalla de los jóvenes en Estados Unidos, mientras que los usos activos (incluyendo videollamadas) representaban entre dos y tres horas. Al mismo tiempo, la capacidad de atención media de los jóvenes frente a una pantalla cayó de dos minutos y medio en 2004 a apenas 47 segundos en 2021.
Esta tendencia es grave, porque es ese tipo de consumo pasivo el que se asocia con el deterioro cognitivo, mientras que los efectos positivos de estas tecnologías sobre la cognición provienen de los usos activos, exigentes y orientados a objetivos, como los videojuegos de estrategia o la producción de contenido creativo, que representan una fracción decreciente del tiempo total de pantalla juvenil.
Sabemos que un retorno al texto, alejándose del video, es impensable. Urge recuperar la lectura y la escritura, pero lo digital no se va a ir, así que también necesitamos aprender a usar mejor esos medios. En palabras de Maryanne Wolf, necesitamos ser “bi-alfabetizados”: a pesar y en contra de los algoritmos adictivos, tenemos que educar a las nuevas generaciones para que sean capaces de comunicarse bien tanto por la imagen y la pantalla como por la palabra escrita. El reto no es fácil, pero es vital si no queremos ser, como dije, cada día más tontos.
leonardogarnier@gmail.com
Leonardo Garnier ha sido profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA), ministro de Planificación Nacional y Política Económica (1994-1998), ministro de Educación Pública (2006-2014) y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para la Cumbre por la Transformación de la Educación (2022-2023).
