
En este mismo espacio, hace varios años, publiqué un comentario titulado “El infierno de los neutrales” (La Nación, 20/09/2013). En él, recordé la sobrecogedora advertencia atribuida a Dante Alighieri, cuando sentenció: “Los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral”. Frase que, como comenté, va dirigida “contra quienes, en momentos y situaciones en que fuere moralmente imperativo tomar partido, inexcusablemente se abstengan de hacerlo. Es decir, se trata de aquellos que, en vez de decidirse y proceder de acuerdo con sus convicciones y lo que se espera o exige de ellos en el momento, optan más bien por la vía fácil de la inacción, que en estos casos significa pusilanimidad o, más claro aún, cobardía”.
Y añadí: “La clase de neutralidad que mereció el desprecio de Dante es (…) aquella que implica abjurar del deber de elegir bando cuando sea humanamente imposible cerrar los ojos y dejar de hacerlo, por temor o conveniencia personal. Bajo estos supuestos, pudiendo elegir lo correcto (…), se escoge más bien no elegir, sin ninguna razón justificable para ello”.
Pues bien, creo que las circunstancias actuales no dejan duda de que estamos justamente en un momento de crisis moral que exige elegir, tomar partido: no se puede ser neutral frente al autoritarismo.
Este fenómeno, nos dice Wikipedia, “es una modalidad del ejercicio de la autoridad que impone la voluntad de quien ejerce el poder en ausencia de un consenso construido de forma participativa, originando un orden social opresivo, carente de libertad y autonomía”.
Es una forma de gobierno en la que el poder se concentra en una persona o en un grupo reducido, con escasos controles institucionales (o la intención de desacreditar y eliminar los existentes, tales como la Sala Constitucional, la Contraloría o la prensa independiente) y limitada participación ciudadana.
El autoritarismo crece lentamente. Sigilosamente. Insidiosamente. No toca la puerta para advertir que viene a destruir la democracia. Recuerdo una cruda exposición que pude visitar hace años en Madrid sobre el ascenso del nazismo y que me llevó a preguntarme cómo pudo ser que un pueblo con una historia y una cultura como el alemán cayera en las garras de Hitler y sus secuaces.
Allí me quedó claro que eso no ocurrió súbitamente, sino poco a poco, ante el desinterés o la incapacidad de los sectores democráticos para reaccionar a tiempo a las políticas que se iban adoptando. Así, los nazis tuvieron rienda suelta para pasar de las simples bravuconadas a los hechos, hasta llegar a cometer los atroces crímenes contra la humanidad que registra la historia.
Ante esa escalada de violencia, la indiferencia de tantos quedó magníficamente registrada en las palabras del teólogo luterano Martin Niemöller: “Primero, vinieron por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”.
El mensaje es claro: la indiferencia y el silencio frente a la persecución de otros terminan debilitando a toda la sociedad, hasta que ya no queda nadie para defender a quien finalmente también es perseguido.
No es casualidad que quienes hoy acogen y proclaman tendencias autoritarias tilden a quien se les oponga de comunista. Lo mismo hicieron en su momento los nazis: escoger a uno o varios chivos expiatorios y manipular a las masas acríticas e indiferentes en su contra.
Por eso, en la Costa Rica de hoy tenemos que alzar la voz. No podemos ser neutrales frente al autoritarismo y dejar que con nuestro desinterés se pierda un legado histórico que tanto costó construir, ni que se malogre nuestro futuro y el de nuestros descendientes.
Por fortuna, las manifestaciones ciudadanas del pasado jueves 6 de agosto dejan claro que son muchos los que no quieren seguir callando. Ese ejercicio pacífico de protesta es precisamente lo contrario del autoritarismo: personas que expresan sus convicciones dentro de las reglas democráticas. La historia está de su lado.
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Christian Hess Araya es abogado e informático.
