
Las revelaciones del caso Epstein recuerdan un dicho polaco que, traducido al español, dice algo así: “Pensábamos que habíamos tocado fondo, pero escuchamos que alguien golpeaba debajo del piso”. Cada día descubrimos un nuevo fondo más siniestro e inmoral.
No quiero referirme al caso. Considero que activistas y sobrevivientes ya están planteando mucho más de lo que yo podría. Sin embargo, quisiera sugerir una de muchas posibles respuestas a una pregunta que muchos nos hemos hecho: ¿cómo llegamos aquí?
¿Cómo los abusos contra niñas y mujeres se dieron frente a tantos ojos? ¿Cómo esas miradas no desembocaron en denuncias ni en castigos?
La forma en que los adultos percibimos a los niños y, en este caso especialmente a las niñas, ha creado las condiciones para que se perpetúen crímenes contra ellos y ellas, sin repercusiones. Esta forma de ver a las infancias la comparte una gran cantidad de personas y envía la señal a los abusadores de que los niños son ciudadanos de segunda clase.
El llanto de los quejosos
La frecuencia con la que se escucha decir “a mí no me gustan los niños” es desalentadora. Naturalmente, no todas las personas quieren tener hijos y es muy razonable la actitud defensiva de algunas mujeres ante las agendas natalistas que quieren imponerles planes de vida. Habiendo hecho esta anotación, es importante entender que el no tener hijos no nos da el derecho a tener una vida sin niños.
Las infancias son parte de nuestras comunidades y tienen el derecho de participar y experimentar el mundo fuera de los confines de su casa y los espacios destinados para ellas; existir como los niños que son, en un mundo decepcionantemente hostil.
Decir “a mí no me gustan las personas de cierta raza, equis religión, que viven con tal enfermedad” podría considerarse discurso de odio en muchos contextos y, del todo, es una frase discriminatoria. Discriminar a los niños se ha convertido en un odio permitido.
Hay quienes exigen un supuesto derecho a viajar en aviones sin bebés, de estar en restaurantes u hoteles sin niños y, en general, de tener espacios libres de los sonidos de los chiquitos. Hay gente para todo, es decir, las neurosis humanas han llenado gigantescos compendios. Sin embargo, lo que es realmente dañino es que se sientan tan cómodos expresando sus aspiraciones discriminatorias.
¿Por qué alguien cree que puede decir que no le gusta un ser humano por su edad, que debería poder disfrutar de un espacio sin este tipo de personas porque no quiere presenciar sus muy humanas necesidades; su incomodidad, tristeza o hambre? Me parece notable que los quejosos no se den cuenta de la ironía de que un adulto no pueda gestionar las emociones que le causa escuchar el llanto de un bebé.
Nuestra sociedad es profundamente adultocéntrica, es decir, se organiza de una manera que prioriza las necesidades y perspectivas de los adultos frente a las de las personas jóvenes y los niños. A diferencia de otras discriminaciones, ver a los niños como un inconveniente es común a través del espectro ideológico y por eso, tal vez, parecen extremadamente frecuentes. Si aplicamos lo que la lucha contra la violencia machista nos ha enseñado, los comentarios discriminatorios cotidianos validan a los agresores, al enviarles un mensaje deshumanizador de la niñez.
La comunidad es intergeneracional
Las sociedades intergeneracionales han existido desde el origen de la vida humana. La segregación por edad es una idea moderna muy reciente. Incluso, la escolarización por grados que hoy nos parece “natural” es algo que solo hemos visto como especie durante menos de 200 años, en franca diferencia con los cientos de miles que convivimos el día completo en grupos multietarios.
Una necesidad primordial de nuestra época, frente a la soledad y el aislamiento, es conocer a personas nuevas y buscar una comunidad. Sin embargo, en esta empresa, no se interpreta nunca conocer a niños y niñas como “conocer gente”.
Evidentemente, por el poder que tenemos los adultos, el tipo de relación no será entre iguales, pero el mundo interno de los menores de edad es profundo, interesante y divertido, y los vínculos con ellos son frecuentemente gratificantes y reconfortantemente descomplicados.
La autora Tara Brach cuenta la historia de una mujer que recuerda una cena familiar. Ella tenía cinco años y sus papás se apresuraron, como siempre, a ordenar por ella. La mesera los ignora y le pregunta a la niña su orden. La mujer recuerda que, de niña, ella pensó: “Ay, ella sí cree que soy real”.
Conecto con esa idea de que a veces los niños parecen invisibles para algunos. Aún tengo fresca la experiencia de sentir que la gente en los centros comerciales era incapaz de ver a mis hijas al caminar y yo tenía que sacarlas del camino para que no fueran atropelladas. Los saludos de cordialidad en los restaurantes y las tiendas van dirigidos exclusivamente a los adultos. Y, de mi parte, el lujo de tener conversaciones ininterrumpidas por el celular suele ser una prerrogativa que doy solo a otros adultos.
También es común leer comentarios de que los papás (en realidad, las mamás) de los niños son las únicas personas responsables de su bienestar. El activista y escritor James Baldwin pensaba distinto: “Los niños siempre son nuestros, cada uno de ellos, en todo el mundo, y comienzo a sospechar que quien sea incapaz de reconocer esto quizá sea incapaz de moralidad”.
Recuperaremos esa moralidad de la que habla Baldwin una vez que veamos a los niños y a las niñas por lo que son: seres humanos completos, valiosos y sujetos de derechos. Podemos empezar integrándolos a las actividades y lugares de los que les hemos desterrado.
andreavasro@gmail.com
Andrea Vásquez R. es comunicadora social especializada en Inclusión y Equidad.
