En cada elección, las encuestas terminan influyendo no solo en cómo interpretamos la competencia política, sino también en si decidimos participar o no. El problema surge cuando se les atribuye un poder que no tienen.
Con frecuencia, se repite que una encuesta “tiene un margen de error de ±3%”, como si eso agotara toda la incertidumbre del proceso. En realidad, ese número se refiere únicamente al error muestral, no al verdadero nivel de imprecisión que rodea una elección real.
La literatura internacional es clara en esta distinción. Desde el enfoque del error total de encuesta, un concepto de la rama de la estadística tan antiguo y conocido en ese campo, el error muestral es solo uno de varios componentes. A él se suman errores de cobertura, de no respuesta, de medición –como la deseabilidad social o el voto oculto– y, particularmente relevantes en política, los errores derivados de cambios en el comportamiento de las personas entre el momento de la encuesta y el día de la votación.
Cuando hay muchos indecisos, alta abstención y múltiples partidos en competencia, estos factores pesan mucho más que el simple ±3 %. La experiencia costarricense reciente confirma este diagnóstico. En enero de 2022, la última encuesta previa a la primera ronda reportaba un 40% de personas indecisas, con un margen de error muestral de ±3 %.
Lo que ocurrió después no fue una anomalía, sino la materialización de un error total elevado. Rodrigo Chaves aparecía con alrededor del 6% de intención de voto y terminó obteniendo el 16,7%, una diferencia cercana a 11 puntos porcentuales. Eli Feinzag pasó de aproximadamente 2,5 % a 12,3 %, casi 10 puntos por encima.
Incluso candidaturas que lideraban las encuestas mostraron brechas superiores a 12 puntos entre lo medido y lo votado. Estas diferencias superan ampliamente el margen muestral y reflejan un patrón sistemático de redistribución tardía del voto. Este fenómeno no es exclusivo de Costa Rica. Estudios comparativos en democracias consolidadas muestran resultados similares. En el libro Democracy for Realists se documenta cómo las encuestas suelen “fallar” al traducir la intención declarada en el voto efectivo, especialmente cuando los electores deciden tarde o votan de manera retrospectiva.
Análisis empíricos difundidos por FiveThirtyEight (sitio especializado en análisis estadístico, encuestas y periodismo de datos) han mostrado que, en elecciones competitivas, el error observado suele duplicar o triplicar el margen muestral reportado, alcanzando con frecuencia rangos de 8 a 12 puntos porcentuales, e incluso más en contextos multipartidistas.
A la luz de esta evidencia, no resulta metodológicamente descabellado afirmar que, en elecciones como las nuestras, el error total de encuesta puede ubicarse razonablemente entre 10 y 15 puntos porcentuales. No como una cifra exacta ni como una acusación contra las encuestas, sino como una referencia del nivel real de incertidumbre que existe cuando una parte sustantiva del electorado decide en la recta final.
¿Por qué importa esto hoy? Porque cuando se instala la idea de que una elección “ya está definida” –por ejemplo, porque una candidatura aparece cerca de un umbral crítico o porque otras figuran dentro del margen de error– se alimenta la apatía. Algunas personas dejan de votar porque creen que su opción no tiene posibilidades; otras, porque asumen que el resultado es inevitable.
Pero la evidencia dice exactamente lo contrario: cuando el error total es alto, nada está completamente decidido. Ni quien encabeza las encuestas tiene asegurado su porcentaje final, ni los partidos pequeños están condenados a desaparecer.
En sistemas multipartidistas, variaciones relativamente pequeñas en la participación y la indecisión pueden traducirse en cambios significativos en los votos y en la representación legislativa. Por eso, conviene insistir en una verdad elemental pero poderosa: las encuestas no votan. Informan, orientan y ordenan el debate, pero no sustituyen la decisión ciudadana. La única medición sin error total es la que se obtiene al contar los votos en las urnas.
Entender este concepto no debería generar desconfianza ni cinismo, sino todo lo contrario: recordar que el proceso sigue abierto y que cada voto cuenta más de lo que parece cuando solo se mira una cifra puntual. A horas de la elección, el mensaje más honesto y democrático es este: no vote por lo que dice una encuesta. Vote. Y vote por la opción de su preferencia.
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Andrés Fernández Arauz es economista.
