La frase no es mía. Está en el capítulo, 3, página 102, del amplio informe El polígrafo y la detección de mentiras, publicado en 2003 por la Academia de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos. Desde mucho antes, y también después, tal ha sido la conclusión de infinidad de análisis.
Esto no quiere decir que el artefacto carezca de utilidad, sino que es impreciso, insuficiente y hasta peligroso si se usa como único parámetro para detectar la sinceridad o apego a la verdad. En tal caso, tanto examinados como examinadores pueden convertirlo en fuente de confusión y posible manipulación. En El detector de mentiras, documental de la cadena pública estadounidense PBS, se advirtió en 2023 sobre el riesgo de convertirlo en un “aparato de temor e intimidación”. Por esto, solo tiene sentido aplicarlo –al menos de buena fe– en conjunto con otros métodos.
El polígrafo mide reacciones como presión, pulso, respiración y sudoración. Inferir, a partir de ellas, estados psicológicos específicos –como sinceridad o falsedad– constituye un salto especulativo, no una conclusión irrebatible. Más aún si añadimos que, al sabernos observados o medidos, los seres humanos tendemos a alterar conductas de manera inconsciente, y que quienes aplican la prueba e interpretan sus resultados no son agentes neutros.
Que este sea el procedimiento que escogió el gobierno como Santo Grial, tótem infalible y oráculo definitivo para distinguir, seleccionar o descartar entre funcionarios mentirosos y sinceros, deja mucho que desear.
A falta de base racional, actúo como polígrafo e infiero tres hipótesis: un apego a lo trivial y simplista como sustituto de lo complejo, una forma de señalar y desacreditar a quienes rechazan la prueba, o un artilugio más para crear ruido y distraer la atención. Escojan.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.