
Hay votos que uno entiende, aunque no los comparta. Hay otros que se respetan, aun cuando incomoden. Y hay algunos —pocos, pero dolorosamente posibles— que simplemente no logro imaginar sin una profunda perplejidad. A esos me refiero hoy: a los votos por el continuismo. Votos que, después de todo lo ocurrido en estos años, se emiten como si nada hubiera pasado.
Hablo de inconsecuencia. No la propongo como insulto, sino para hacer notar la distancia que se abre entre lo que se vive y lo que se vota; entre lo que se padece y lo que se avala; entre la experiencia concreta y la decisión política que, en teoría, debería surgir de ella.
No me refiero a errores de cálculo ni a diferencias ideológicas legítimas. Hablo de votar contra la propia historia reciente. De ignorar —a veces con notable esfuerzo— lo que se ha visto, vivido, sufrido y hasta perdido. Porque una cosa es ignorar, otra muy distinta es saber y, aun así, persistir.
Por eso hay votos —por el continuismo— que, sencillamente, no caben en mi cabeza. ¿Cómo imaginar ese voto en quienes trabajan en el régimen definitivo —que concentra casi un 85% del valor agregado de la economía — y han visto cómo se asfixian actividades productivas, se cierran oportunidades y se empuja a la quiebra a pequeños y medianos emprendimientos? ¿Cómo entenderlo en personas cuyo sustento depende de la obra pública y vieron cómo proyectos ya diseñados, adjudicados o incluso en ejecución fueron congelados o abandonados, no por razones técnicas, sino por decisiones políticas difíciles de justificar?
Salud, educación e inversión social
Tampoco lo comprendería en quienes esperan atención en la Caja Costarricense de Seguro Social, hoy debilitada, con listas de espera cada vez más largas y un plan de infraestructura y de recursos humanos puesto en jaque, tras una clara injerencia —negativa, sobra decirlo— del Poder Ejecutivo en su junta directiva. Tampoco en quienes creen en la educación pública como motor de movilidad social, después de ver eliminados programas que habían demostrado pertinencia y eficacia, sin que hubiera nada mejor para sustituirlos. Como joya, una “ruta de la educación” que nunca pasó de ser una consigna y que no salió de la cabeza de la ministra Müller ni le “dio la gana” publicarla.
Lo mismo que quienes viven del agro y han visto la contracción constante del sector, privilegiando al importador sobre el productor nacional, amenazando incluso con decomisar lujosos tractores y pick-ups. “Que busquen otras alternativas…”, así de empática fue la mente maestra del continuismo, desde su púlpito en la Asamblea Legislativa.
De igual forma, en quienes trabajan en la educación, hoy golpeada por la menor inversión educativa —como porcentaje del PIB— en décadas, en abierto incumplimiento con la Constitución Política y en contra de cualquier noción responsable de un futuro país. “Fue un invento de los constituyentes”, se dejaron decir. También dijeron: “¿Quién dice que debe ser el 8%?” O “Ese porcentaje es un anhelo, no un mandato”. Mentira tras mentira.
¿Cómo votar por la continuidad cuando se sacrificó la inversión social y, con ello, se amplió la brecha de desigualdad, cuando el país atraviesa una de las peores crisis de inseguridad de su historia reciente y se han debilitado las políticas de protección ambiental, poniendo en riesgo un prestigio internacional construido durante décadas y que tanto rédito nos ha significado?
Ataques reiterados
Pienso también en los ataques reiterados a la libertad de expresión y de prensa; en el hostigamiento constante a la institucionalidad democrática; en la protección de figuras cuestionadas que permanecen en puestos clave o son premiadas con candidaturas; en la mentira insistente, una y otra vez desmentida por los hechos; en los ataques —a veces con un tono difícil de disimular— contra mujeres que ejercen contrapeso desde la política o el periodismo. Los ejemplos podrían tomar decenas de líneas más de este artículo, pero hay un límite de palabras.
¿Quién querría votar por ese continuismo? No logro imaginar que las personas que aman este país, de verdad, consideren que el proyecto político de Rodrigo Chaves y su grupo merezca ser ampliado en el tiempo y fortalecido con una Asamblea Legislativa que facilite la concentración de poder y el paso al autoritarismo que tanto desean para hacer a sus anchas.
Quizás algunos de esos votos se expliquen por el populismo, la posverdad y la polarización propias del autoritarismo contemporáneo, que se alimenta del enojo y del resentimiento social. Todo ello, además, envuelto en una retórica recurrente: “No me han dejado gobernar”, pese a que se desperdician espacios institucionales convocando proyectos inviables o retirándolos cuando no conviene asumir costos políticos.
No se trata —y conviene decirlo con claridad— de bandos ni de trincheras. Se trata de algo más elemental. Cuesta entender que alguien observe un daño persistente en lo más amado y, aun así, haga lo necesario para que continúe. Ojo: no hacer también es hacer.
Hay votos que jamás imaginaré. No por ingenuidad política, sino por inconsecuencia: votar no es solo elegir entre opciones, es asumir responsabilidad por lo que se avala y por lo que se decide seguir tolerando.
juan.romero.zuniga@una.ac.cr
Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.
