
FIRMAS PRESS.- Hace unos días, las imágenes le dieron la vuelta al mundo. En cuestión de horas, la ciudad autónoma española de Ceuta, situada en la costa norte del continente africano y limítrofe por tierra con Marruecos, se vio ocupada por más de 70.000 personas que se lanzaron a mar abierto o alcanzaron a cruzar el espigón que separa los dos territorios.
La mayoría eran hombres jóvenes, pero en la avalancha humana también había menores de edad y hasta familias con bebés agarrados a neumáticos para que no se los llevaran las peligrosas corrientes.
Sí, la semana antepasada, el caos se apoderó de Ceuta, con una población de algo más de 83.000 habitantes superados por la irrupción masiva de grupos que pernoctaban en las calles y que intentaban entrar por la fuerza en un centro de acogida para migrantes con capacidad rebosada, ahora se vive una resaca amarga.
Todavía hace una semana estaban sacando cadáveres del mar y la cifra de muertos podría superar el centenar. En cuanto a los que lograron entrar en territorio de la Unión Europea, según cálculos del Ministerio del Interior de España, la mayoría ha regresado voluntariamente a Marruecos, pero hasta hace poco deambulaban aproximadamente entre 2.000 y 3.000 personas que se resistían a emprender el camino de vuelta con la esperanza de quedarse. Muchos eran subsaharianos, principalmente de Mali y Ghana, para quienes Marruecos solo fue un trampolín con el fin de pisar suelo europeo.
Esta experiencia traumática no es nueva para los ceutíes. El enclave español es una potencial puerta al continente europeo para quienes huyen de la falta de horizontes en gran parte de África.
En el país vecino, Marruecos, también abunda una juventud que vive precariamente ante la indiferencia de un régimen autoritario dominado por el reinado de Mohamed VI.
Ya en 2021 el gobierno marroquí puso en evidencia su pasividad cuando, de golpe, unas 10.000 personas llegaron irregularmente a Ceuta. En aquella ocasión, el arma arrojadiza de la migración se debió al malestar de Rabat por la acogida en un hospital en España de un dirigente del Frente Polisario, organismo que gobierna la antigua colonia española del Sahara Occidental, por estar enfermo de coronavirus.
Dicho territorio lo reclama Marruecos y, en ese momento, el gesto humanitario del gobierno de Pedro Sánchez fue percibido como una afrenta que hizo detonar el conflicto diplomático. Como consecuencia de la presión por medio de la instrumentalización de personas que permitieron circular por el paso fronterizo, España acabó por ceder al abandonar su política de neutralidad en el conflicto con los saharauis y alinearse con los intereses de la monarquía alauí.
Cinco años después, la tensión entre España y Marruecos ha escalado por la incursión sin precedentes que ha descalabrado gravemente la vida de los ceutíes, tanto en sus actividades cotidianas como en la economía, con locales cerrados por el temor a las turbas de individuos que intentan sobrevivir, en ocasiones con intimidación, al carecer de techo o modos de subsistencia. Por los testimonios de muchos de los que se lanzaron a tan azarosa aventura, de nuevo las autoridades marroquíes no pusieron impedimentos cuando la multitud se movilizó.
Mientras ambos gobiernos buscan responsabilidades de cómo y quiénes provocaron esta catástrofe humanitaria, lo que sí se sabe es que desde las redes sociales se lanzó una campaña de desinformación por parte de influencers que durante días animaron a la juventud a echarse al mar, asegurando que la política migratoria de España tiene manga ancha y los acogería a todos.
Es evidente que muchos se marcharon con lo puesto, como parte de un peligroso lance de ida y vuelta, y ahora las autoridades y servicios de inteligencia en España se apresuran a tomar medidas que dejaron al descubierto su falta de previsión.
Los países miembros de la Unión Europea mostraron alarma por un descontrol migratorio que puso en peligro un territorio de la UE, como lo son Ceuta y Melilla, y que pudo afectar al resto si los migrantes indocumentados hubieran acabado por circular en lo que se conoce como el espacio Schengen.
Italia se colocó a la cabeza de las protestas contra lo que considera una política débil por parte de España, exigiendo más controles fronterizos a viajeros procedentes de la península. Pero no deja de ser menos cierto que el gobierno de la primera ministra Georgia Meloni también tiene el techo de cristal, con periódicas llegadas masivas de migrantes a sus costas en el Mediterráneo.
Meloni propuso que fueran trasladados y retenidos en terceros países, previo pago de las instalaciones por parte de la UE, un experimento que se pretende imponer en Albania, Ruanda o Uganda y que presenta no pocas trabas de carácter legal y en materia de derechos humanos.
Lo que se acaba de vivir en Ceuta, donde la situación fue más compleja por la cantidad de menores no acompañados que requerían atención y acogida, difícilmente será la última vez.
Más allá de los intereses y diferencias ideológicas, les toca a los Gobiernos de Europa manejar, por un lado, políticas migratorias eficientes para poner freno a estos flujos migratorios. Al mismo tiempo, no se puede abandonar el aspecto humanitario que exigen unas crisis que, lejos de apagarse, se avivan por la inercia criminal de regímenes que no prestan atención a las necesidades y derechos de los ciudadanos.
Lo cómodo y tentador es que todos miremos para otro lado en medio de las incriminaciones, pero eso nos igualaría a los desalmados que juegan con las vidas de los más vulnerables.
Red X: ginamontaner
Gina Montaner es periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el ‘Nuevo Herald’ y en diversos periódicos de América Latina. Su libro más reciente es ‘Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida’ (Planeta 2024).
