No podía creerlo. ¿Era real lo que estaba viendo? Pero, sí, allí estaban. Dos sillones rotos, colocados uno a la par del otro, parecían invitar a los viajeros a sentarse a contemplar el enorme chiquero que había en los alrededores.
Me topé con la singular imagen mientras viajaba por la ruta 32 hacia Tibás. Entre el cruce de Doña Lela y el puente del barrio del Socorro, alguien dejó tirados los dichosos muebles en una de las elevadas calles marginales que tiene la ruta.
Estoy seguro de que desde ese improvisado trono, Azulito o Jacinto Basurilla tendrían los mejores lugares para apreciar extasiados el montón de desechos, escombros, chunches y otras porquerías acumulados allí con el paso del tiempo.
Me duele mucho que esa zona se haya convertido en un basurero a cielo abierto que no solo arruina el pasaje, sino que también representa un peligro para los corredores y ciclistas que suelen usar esa vía alterna para hacer ejercicio.
Sin embargo, lo peor es que esos dos sillones en medio del tiradero son la fiel fotografía de una sociedad que decidió convertir la zona urbana en un vertedero y sentarse a ver cómo la suciedad, la enfermedad y la ruina nos invaden.
Basura, escombros y maleza... la cultura del cochinitico ya alcanzó niveles vergonzosos y alarmantes en Costa Rica.
No hay acera, cuneta, alcantarilla, carretera, zona verde pública, parque, puente, rotonda, cruce de tren o lote baldío que se libre de las inmundicias que los costarricenses dejamos tiradas a diario con la más absoluta frescura e irresponsabilidad.
Al amparo de la oscuridad de la noche, muchas personas aprovechan para botar desechos en la esquina del barrio, o para salir en carro a buscar cualquier sitio donde lanzar sobrantes de materiales, muebles viejos y electrodomésticos dañados.
Otros le pagan a un tercero para que se lleve las cosas que les estorban, sin garantizarse de que el contratista tenga un sitio adecuado para su tratamiento. Mientras resuelva su problema, ¿a quién le importa dónde vayan a dar sus despojos?
Muchos le echarán la culpa a la municipalidad y al gobierno. Y no dudo de que haya serias debilidades en los programas oficiales para recoger residuos ordinarios, materiales reciclables y, sobre todo, desechos no tradicionales. Pero viendo el tipo de basura que "encochina" nuestro país, es claro que mucha pudo haber esperado al camión recolector o es producto de arreglos y renovaciones cuya disposición final debieron incluir en el presupuesto los responsables.
Es muy triste que un país que percibe tantos ingresos por su oferta ecológica y que se pavonea ante el mundo por sus recursos naturales, vea con naturalidad que se boten dos sillones en una calle a la espera de que alguien, tal vez, algún día, a lo mejor, los recoja.
