En este, como en otros casos, estamos ante uno de los “focos de asfixia”, o choke points, alrededor del mundo. Quienes los manejan gozan de ventajas asimétricas notables.
Otras vías de crucial importancia geopolítica incluyen el mar Rojo; el estrecho de Malaca, que conecta los océanos Pacífico e Índico a través de Indonesia y Malasia; el cabo de Buena Esperanza, que lo une al Atlántico; el Bósforo y los canales de Suez y Panamá. Todos, en distinta medida, son cruciales para el sistema económico global.
Pero los choke points van mucho más allá de los pasos marítimos. En un reciente libro, Edward Fisher, alto exdiplomático estadounidense, los define como cualquier ámbito de dominio no sustituible, controlado por un país o un pequeño grupo de ellos. Incluyen, por ejemplo, el de China sobre los “minerales raros”, vitales para la industria de alta tecnología, o el de Estados Unidos sobre el sistema de pagos global, junto a la preponderancia del dólar como gran moneda universal. A esto añade su gran ventaja en inteligencia artificial, que los chinos intentan cerrar.
Pero hay más. Los Países Bajos y Japón tienen la llave de las máquinas litográficas para producir microprocesadores avanzados. Taiwán fabrica alrededor del 90% de ellos. Corea del Sur domina en los de alta memoria. El Reino Unido impera en seguros marítimos.
Irán sabe que controlar focos de asfixia es un poderoso instrumento de coerción. Pero su abuso puede generar represalias; también, a mediano o largo plazo, abrir nuevas rutas de comercio, fuentes mineras, saltos tecnológicos y cambios en los sistemas de pago. Es la diferencia entre cooperación y conflicto. En este juego estratégico ajeno, lo que nos corresponde es insistir en un sistema global basado en reglas.
Correo: radarcostarica@gmail.com
X: @eduardoulibarr1
Eduardo Ulibarri es periodista y analista.