En los días que corren, que imponen un gesto grave o ceñudo para encarar los difíciles acontecimientos, hablar de asuntos frívolos está fuera de lugar. Por eso no rebato a quien me diga, si leyera lo que sigue: “Seamos serios, ¿a qué viene esto?”.
Pero no hay nada que hacer: la frivolidad, quiera que no, tiene la pertinacia del moho, es imposible sustraerse de ella.
Mario Vargas Llosa en su Conversación en Princeton, afirma que el periodismo ha sufrido una distorsión, distinta de la censura, que es la frivolización, y agrega que esa banalidad ha ido impregnando la prensa de nuestro tiempo. Es cierto.
No obstante, la frivolidad a la que me refiero tal vez sea de otra clase, o no lo sea tanto, o no lo sea del todo. Por ejemplo: ¿Sería banal fijarse en los calcetines que vestía el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en su cita de Estado con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y a partir de ahí hacer algunas reflexiones? Seguro que no. Vean esos calcetines, tan llamativos en la foto oficial del encuentro; alcanzarían para hacer un artículo provechoso acerca de cómo se han remozado las formas y los símbolos en la alta política.
Al grano. Todo depende, pues. Como en la economía. Pero voy a lo que quiero contar.
El caso es que a mediados de los años sesenta, conocí a James Baldwin, y de una manera o de otra, tuve la buena fortuna de conversar un buen rato con él.
Entonces no tenía ni la más remota idea de quién era, eso lo vine a saber después: un singular escritor y novelista sin el que no puede entenderse la narrativa estadounidense –dice un crítico–, activista por los derechos civiles, amigo de Malcom X y Martin Luther King, censurado y castigado en su país, además, porque era negro y gay.
Si se presta atención, ambas señas de identidad las menciona Truman Capote cuando habla de Baldwin por boca del actor Philip Seymour Hoffman en la película que este dedicó a Capote.
Tiempo perdido. En aquellos días, participaba en un campamento de estudiantes en El Yunque, Puerto Rico, y entre las notabilidades convocadas para hablar con nosotros durante interminables almuerzos compareció James Baldwin. Lo escuché durante un largo rato porque se sentó a nuestra mesa, y oportunidad perdida: no recuerdo ni media palabra de lo que dijo. Una verdadera lástima.
De lo que estoy seguro es de que tomé algunas notas de su conversación, como se estilaba en el campamento, y el escritor fue amable, puso alguna cosa de su cosecha al pie y firmó. Pero entre ir y venir, esas notas también se han perdido.
“Yo no puedo ser un pesimista –dice Baldwin– porque estoy vivo. Ser un pesimista significa estar de acuerdo con que la vida humana es una cuestión académica, por eso me esfuerzo en ser un optimista. Me esfuerzo en creer que podemos sobrevivir lo que tenemos que sobrevivir”.
El autor es exmagistrado.