
La señalan y apuntan con el brazo, mientras le gritan y graban lo que hacen. Ella escucha y mira, asiente y mantiene una actitud que no denota enojo, ni burla, ni nerviosismo, sino serenidad.
Entre finales de febrero e inicios de marzo, Claudia Dobles, diputada electa y excandidata presidencial, estuvo haciendo giras a diferentes zonas de Puntarenas, Limón y Guanacaste, y fue recibida con apoyo, pero también con reclamos furiosos de parte de algunas personas que repitieron, una y otra vez, la escena que describo arriba.
El hecho, que se volvió viral en redes sociales, ofrece muchas y distintas interpretaciones.
Desde la teoría política y partiendo de la distinción que la filósofa belga Chantal Mouffe hace entre agonismo (adversarios legítimos en conflicto) y antagonismo (enemigos por destruir), sugiero que el tipo de recepción violenta se corresponde con el antagonismo en tanto parecía tener como objetivos que el encuentro no se realizara, la desaparición de Dobles como figura política y su deslegitimación moral total.
Planteo que esa economía del enojo –para usar un concepto de la profesora británica Sara Ahmed– que vimos en los videos no lo es solo contra Dobles, sino contra lo que representa: la clase política a la que culpan de su pobreza y abandono territorial.
Por ello, escuchar y ver su rencor me causa estremecimiento, por lo viejo de su resentimiento y lo fundado de su dolor. Pero también me provoca espanto, por su ira despiadada.
Cuando le gritan: “¡Corrupta!”; cuando le dicen que no la quieren ahí, que “¡jale jale!”, o la acusan de haberle pagado a la gente para que llegara a apoyarla, no la están criticando; la están clasificando de manera brutal, total.
Además de lo anterior, en los videos una puede ver manifestaciones de algo cada vez más común en el comportamiento humano: esa burocratización del mal de que habló Hannah Arendt en su análisis del Holocausto. Se ha banalizado acusar moralmente a cualquiera de manera extrema, mediante actos performativos rutinarios con una puesta en escena: una cámara telefónica que graba pensando en circular el hecho. Así, cada grito hacia Dobles es un producto comunicacional en busca del algoritmo.
En cambio, propongo que la diputada, con su acto y respuesta, ejemplificó un gesto agonista. Ejercitó la práctica del pluralismo, visitando zonas que le son adversas y reconociendo la existencia del conflicto. Incluso, luego de haber sido insultada, ella reflexiona sobre los hechos como manifestaciones propias del debate público.
Pero la excandidata hace otra cosa: enseña sobre pedagogía cívica, asume el conflicto como parte del aprendizaje cívico y, en ese tanto, modela un comportamiento de tolerancia institucional, una persistencia en el juego democrático.
Asimismo, da muestras de responsabilidad republicana – en el sentido político romano– al actuar rindiendo cuentas y mostrando que su diputación es un asunto público nacional, no regional.
Permítanme que cierre con la idea de que la excandidata presidencial, con su solo proceder, también está exponiendo que la piel fina del presidente actual es una consecuencia de su escaso amoblamiento moral.
isabelgamboabarboza@gmail.com
Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
