Atrapado entre la covid, de la que a la postre no pude escapar, y los episodios nacionales, busqué una salida para entretenerme y encontré una poco seria pero que cumplía esa función.
A falta de libros de caballería, que no se usan en estos tiempos, busqué incongruencias, errores de dicción, modificaciones deliberadas de las letras originales y otras chapuzas en la manera en que algunos cantantes interpretan canciones populares o no tanto.
Me motivó saber que en otro país y otra época hubo quienes se empeñaron en discutir acerca de la corrección de las expresiones empleadas, y se lo pasaron de maravilla hablando de esas banalidades e intrascendencias.
Además, el mundo no olvida, y yo tampoco, a los felices mortales que soslayaron la expansión de la peste y se refugiaron en una villa, muchos siglos atrás, para contarse cuentos.
Así que me puse manos a la obra y encontré muchos casos de lo que andaba buscando. A manera de ejemplos: Carlos Gardel, al que dios, según alguno, le dijo vaya, cante y enseñe (otro agregó: y después regrese, aludiendo a su muerte temprana), sustituía a veces la palabra tango y pronunciaba targo, y otras veces cuardo y no cuando.
A Enrico Caruso se le escuchaba decir, cuando la emprendía con El elixir de amor, de Donizetti, ura furtiva lágrima, y no una. Daba lo mismo, lo hacía muy bien. Cuando el Cigala, que pronuncia un español tan peculiar, se mete con Tomo y obligo, y refiere lo del hombre cegado por los celos que jura: “No consigo comprenderme cómo pude contenerme y ahí no más no la maté”, da un traspié y pronuncia en cambio este contradictorio dislate: “No consigo comprenderme cómo pude convencerme y ahí no más la maté”.
En eso estaba, cuando una foto me devolvió a la realidad. La publicó un periódico español y muestra a un joven de 13 años muerto, alcanzado por un misil en una estación de autobús en Járkov, Ucrania. Su padre está a su lado, le coge una mano y le mira con una desolación inenarrable.
La foto es reflejo fiel de aquella frase escrita hace 2.500 años: “En la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza, y hace que los padres entierren a sus hijos”.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPIlegal.