Fernando Zamora. 15 noviembre, 2017

El Vaticano anunció al mundo que el tema del simposio anual de la prestigiosa Fundación Ratzinger sería sobre la encíclica Laudato si. Y gracias a la iniciativa de la Universidad Católica de Costa Rica y de su rector, Fernando Sánchez, tendrá lugar en nuestro país, en este mes de noviembre.

No quepa duda de que será la actividad cultural e intelectual de mayor importancia llevada a cabo este año en Costa Rica. Entre otras figuras de prestigio mundial, vendrán los cardenales Cláudio Hummes y Giuseppe Versaldi.

En el contexto de la ocasión, amerita repasar algunos de los principios que, sobre el desarrollo sostenible y la ecología, planteó dicha encíclica, publicada hace apenas dos años.

En primer término, deja en claro que la prerrogativa veterotestamentaria que le otorga al ser humano la potestad de dominar la tierra, preceptuada en el 1:28 del Génesis, yace condicionada por otro mandato igualmente importante, que hayamos en el versículo 2:15 del mismo Génesis: el de proteger la creación heredada. Es un derecho con su correspondiente deber.

Así, la concesión que nos permite dominar contiene, en el mismo acto, la responsabilidad de preservar. Ese concepto confronta la acusación propalada por los detractores de la cosmovisión judeocristiana, quienes afirman que dicha filosofía ha propiciado una vocación humana predadora del ambiente.

Por el contrario, su visión condena la soberbia antropocéntrica que pretende igualarnos a Dios y que niega nuestra condición de criaturas limitadas: la tierra es del Señor, nos precede, y nos fue dada como mayordomos. Debemos cuidarla en función de la razón moral de que, al igual que ella, no somos sino criaturas, pues natura se rebela cuando pretendemos suplantar a Dios; cuando nos comportamos como un agente exógeno a esta, que pretende dominarla sin considerar que somos parte de ella.

Por demás, en tanto lo hagamos responsablemente, ¿nos atrevemos a cuestionar el beneficio de nuestro dominio y mayordomía?

Deterioro ambiental. Un segundo aspecto que destacar es que la encíclica reconoce con determinación la realidad del deterioro ambiental. Para la Iglesia, la pérdida de la biodiversidad, el cambio climático, el deterioro y la disminución de las fuentes de agua dulce en el planeta y la contaminación derivada de la actividad urbano-industrial son realidades inobjetables.

Negar la evidencia es un acto irresponsable que solo puede entenderse en el marco de los intereses económicos propios de algunos grupos de poder industriales y de quienes medran de la incultura del descarte.

Por otra parte, en la obra se objeta la falsa dicotomía con la que se pretende resolver el tema, pues en un sentido se denuncia a quienes creen que basta la evolución tecnológica, aunque no la acompañe un compromiso ético, y en el otro extremo, también a aquellos que, en un integrismo ecologista radical, prácticamente desean que la actividad humana sea abolida.

En otras palabras, rechazando el mito de un crecimiento material sin equilibrios ni fronteras, se objeta también la obsesión que pretende desterrar el progreso de forma absoluta.

La inequidad como un acelerador de la crisis ecológica es un cuarto principio que se infiere de la encíclica. La miseria en la que millones se arrastran, ante el desperdicio de recursos que hacen unos cuantos, causa una degradación en doble vía: por una parte, la opulencia de los pocos les lleva a un abuso irracional de los recursos planetarios que, tal como lo demuestran las estadísticas de las investigaciones técnicas, hace que tan solo un 10 % de la población mundial emita, prácticamente, el 50 % del total de las emisiones de carbono del planeta.

En sentido contrario, la necesidad y el desconocimiento de los muchos en pobreza les lleva a una explotación inadecuada de los recursos naturales a los que logran acceder. Por ejemplo, en Haití, la tasa de deforestación para el uso de carbón vegetal, leña y como fuente de energía prácticamente devastó el bosque nacional. Y, en otras naciones pobres, como Camboya, Guatemala o Paraguay, la deforestación por razones de necesidad alimentaria alcanza niveles insospechados.

Administradores. En razón de que la cosmovisión judeocristiana concibe la creación como una herencia otorgada en mayordomía, los beneficios que se obtienen de la naturaleza deben plegarse a las posibilidades sostenibles que ella ofrece. O sea, recibir lo que el proceso natural permite.

Sin embargo, con la actual propensión de la incultura del descarte, lo que se pretende es exprimir todo lo posible del ecosistema. En palabras del papa Francisco: “Sin que la naturaleza y el hombre se tiendan una mano amigable”.

Las indiscriminadas manipulaciones genéticas aplicadas tanto en la producción vegetal como animal, con intención de aumentar utilidades comerciales, son un ejemplo que ilustra este punto.

De esta propensión sobreextractora se deriva un quinto principio del documento pontificio: un crecimiento material acelerado e ilimitado es una noción incompatible con la sostenibilidad ambiental.

A pesar de lo que aspiren lograr los poderes financieros del mundo, si la explotación es desequilibrada, la disponibilidad de los bienes planetarios se agotará irreversiblemente.

Otro principio que se extrae de la obra papal es la necesidad de replantear el actual paradigma tecnocrático. ¿Cómo? entendiendo que el propósito lucrativo del desarrollo tecnológico debe subordinarse al objetivo ambiental. En otras palabras, en la promoción del desarrollo tecnológico no puede valorarse exclusivamente el rédito económico, sino que deben atenderse las eventuales consecuencias negativas de este.

Laudato si nos hace igualmente una advertencia lapidaria acerca de los peligros de la actual incultura relativista. En el relativismo todo resulta irrelevante en tanto no genere utilidad a los intereses inmediatos.

Es la lógica perversa que lleva a aprovecharse y disponer de lo demás como objeto: ya sea el ambiente, un feto en el vientre materno, o una mujer sexualmente objetivada.

En contraposición a tal panorama, nos llama a la consecución de una cultura ambiental que tenga en cuenta todos los factores del desarrollo humano. En mejores palabras, un lugar contaminado exige contestar: ¿Por qué el comportamiento y funcionamiento de la comunidad lo está destruyendo? Demos por asumida la relación entre la naturaleza y la sociedad que la habita. No existen dos crisis, la social y la ambiental, que sean ajenas la una de la otra. El desafío de un ambiente ecológicamente equilibrado y el de una sociedad digna es el mismo.

El autor es abogado constitucionalista.

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