No quiero ser ave de mal agüero, sino exponer una parte muy inquietante de la realidad. Tiene dimensiones globales y locales, y las primeras empujan las segundas. Me refiero a la emergencia de nuevas crisis y la agudización de las existentes.
Mi top three mundial: la reducción de suministros y alza en los precios de hidrocarburos, fertilizantes y otros insumos; el recrudecimiento del fenómeno climático El Niño, y las disrupciones al comercio internacional libre. En el trasfondo: guerras, fragmentación, armamentismo, imposiciones y disrupciones tecnológicas.
El menú nacional, en parte potenciado por ellas, es más amplio. Incremento en los precios de combustibles y alimentos. Deterioro y costos disparados para la producción agropecuaria. Caída en la generación eléctrica limpia y necesidad de quemar diésel o búnker más caro; resultado: alza de tarifas. Menor recaudación tributaria, deuda pública creciente y regla fiscal que obliga a congelar salarios estatales.
Movilidad humana atrofiada. Alteraciones en el mercado de trabajo. Fuerza laboral decreciente. Más de un tercio en la informalidad; por ende, en condiciones precarias, sin tributar ni aportar a la Caja. Cercana “hora cero” para sus reservas de pensiones y salud, prontas a requerir subsidios desde el Presupuesto Nacional.
No controlamos las crisis geopolíticas o climáticas, pero sí su gestión local. La aparición, eventual contención y solución de las internas es total responsabilidad nuestra. Aún estamos a tiempo de asumirlas como retos abiertos a la buena gestión, no designios fatales, atemperar sus peores consecuencias y, ojalá, abrir nuevas oportunidades. Esto implica un cambio del rumbo seguido durante los últimos años.
Las buenas políticas públicas necesarias para avanzar deben partir del realismo, el respeto y las negociaciones. Sin ellos serán imposibles los acuerdos de sólidas y amplias bases, que faciliten soluciones robustas y allanen la distribución de sacrificios y beneficios.
En su reciente encíclica, el papa León XIV denuncia la “beligerancia permanente” y la “cultura del poder, hecha de polarizaciones y violencia”. En su lugar, propone una “auténtica cultura de la negociación” y crear “una comunidad de destino”. Todo esto lo proclama para el mundo. ¿Podremos hacerlo en Costa Rica?
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.
