Y, claro, cuando la causa logra dominar una sociedad, es común observar la irrupción de un ejército de pirañas que, en nombre de los mejores valores y principios, son capaces de cualquier cosa. Mucha gente se sorprende por eso cuando, en rigor, es lo que cabe esperar si previamente no se han instalado medios, dentro del mismo movimiento, para contener a sus peores instintos e individuos.
El poder irrestricto en manos de humanos, seres más parecidos a diablos que a ángeles, deviene rápidamente en el reino de la arbitrariedad y la procacidad. Le pasó al cristianismo, una religión que pregona el amor y la humildad, que vio a lo largo de los siglos a muchos de sus clérigos vivir en la opulencia, más preocupados por los juegos del poder y la pompa que de salvar almas. Le pasó al socialismo revolucionario marxista, que predicó la igualdad y el rompimiento de cadenas políticas, y terminó instaurando rígidas jerarquías sociales y crueles dictaduras.
O sea, bienvenidas las buenas ideas, pero más bienvenido el ojo crítico, la lectura penetrante de la calidad humana de sus proponentes y, sobre todo, la previsión de no sucumbir a los encantos de lo que suena bien. A Dios rogando y con el mazo dando o, en su versión secular, mejor no irse de pollo.
Pero si hay que ser cauto con las buenas ideas, hay que ser doblemente precavido con las que pregonan el odio, la codicia, la arrogancia, el dominio descarnado sobre los demás o, simplemente, el insulto y la estigmatización. En esos casos, la interacción entre malas ideas y el inevitable contingente de malas personas que las siguen es, desde un inicio, peligrosísimo. Se trata de un círculo perverso en el que los líderes modelan los peores comportamientos como si fueran aspiraciones sociales y los seguidores, ni lerdos ni perezosos, actúan así, porque sienten que tienen carta blanca. Y la tienen. Y ese es el ethos que parece marcar cada vez más nuestra época. Y, ni modo, hay que enfrentarlo.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.