Gustavo Román Jacobo. 25 febrero

Con notable habilidad propagandística, el conservadurismo más regresivo, de cuño religioso, ha logrado consolidar en todo el mundo el nombre “provida”, para denominarse a sí mismo, y “cultura de la muerte”, para referirse a todos aquellos quienes, desde la ciencia, la filosofía, las humanidades o el derecho defienden reivindicaciones contrarias a su ideología.

Tal ha sido su éxito, que ingenuos activistas de los derechos humanos ya se refieren a los conservadores como los provida, sin percatarse de reproducir un marco o encuadre (Lakoff) que concede, de entrada, la victoria moral a sus adversarios. Ignorando el poder de las palabras, pierden la batalla de las ideas y, en consecuencia, la de la definición de las políticas públicas.

Confinaron la reflexión a los claustros y cambiaron el esplendor de la biblioteca de Alejandría por sus mausoleos repletos de reliquias y huesos de muertos

No obstante lo consolidadas que estén esas denominaciones, ni los defensores de los derechos reproductivos de las mujeres pertenecen a una “cultura de la muerte”, ni esos conservadores religiosos son en realidad “provida”. Sobran evidencias de que la causa en la que militan no es la defensa de la vida humana concreta de las personas, con sus alegrías y sufrimientos, sueños y necesidades.

Su desvelo, en realidad, es que sus nociones particulares sobre lo correcto y lo incorrecto, lo natural y lo antinatural, continúen siendo hegemónicas porque ellas estructuran el orden del mundo que da seguridad a sus vidas y justifica sus opciones biográficas. Por eso les da pánico que se las trastoquen.

Pero quienes sobre la base de ese miedo han construido su identidad, definido a sus enemigos, orientado sus luchas y articulado su discurso, no han sido, ni en la historia ni en la actualidad, defensores reales de la vida. Muy por el contrario, han sido los verdaderos propaladores de una cultura de la muerte.

Creencia importada. Cultura de la muerte es aquella cuyo universo simbólico está saturado de cruces, sangre y martirio, haciendo del placer un pecado y de la alegría una frivolidad.

Cultura de la muerte es aquella que hizo de la debilidad una virtud, del sufrimiento un mérito y de la belleza una trampa de la que debía desconfiarse.

Cultura de la muerte es aquella que confundió la humildad con la pobreza, sacralizando la miseria y difiriendo su superación aún más allá funcional a los intereses de los explotadores.

Cultura de la muerte es aquella que frente a la injusticia recetó resignación, pero ante las creencias ajenas llamó a las cruzadas.

Cultura de la muerte es aquella que quemó a Bruno, amordazó a Galileo, ahogó en excremento a las mujeres sabias acusadas de brujas y, aún hoy, menosprecia, da la espalda o teme a la ciencia y a la razón.

Cultura de la muerte es aquella que hizo de la duda y de la libertad, peligrosas amenazas de la fe y que repelió la disidencia con excomuniones y la heterodoxia de Küng y Sobrino, retirándoles la cátedra.

Cultura de la muerte es aquella que cuando los españoles optaron en las urnas por la república y la laicidad, aulló frente a la Universidad de Salamanca: “¡Muera la inteligencia!” y “¡Viva la muerte!”.

Cultura de la muerte es aquella que, tras hacer oídos sordos al clamor de Romero por la masacre de miles de salvadoreños y posar con Pinochet en La Moneda, ordenó a los africanos, flagelados por el hambre y el sida, no usar preservativos.

Cultura de la muerte es aquella que logró impedir que una niña nicaragüense de 12 años, violada, con preeclampsia, sepsis y la vagina desgarrada, pudiera interrumpir su embarazo porque había pactado electoralmente con la mafia sandinista.

Cultura de la muerte es aquella que imposibilitó por décadas que recibiéramos una educación sexual que nos proporcionara el conocimiento y disfrute de tan elemental dimensión de la vida y que en cambio usó esos valiosos recursos e irrecuperable tiempo de aula en embutirnos su catecismo.

Cultura de la muerte es aquella que bloquea el uso de la píldora del día después porque antepone sus creencias acerca de la vida abstracta de un óvulo no implantado sobre la vida concreta (necesidades, proyectos, sentimientos y autodeterminación) de las mujeres.

Roles y negativas. Cultura de la muerte es aquella que venera un ideal de mujer imposible, abnegada y desexualizada, a la vez que desprecia a las mujeres reales, relegándolas, en su estructura organizacional, al rol subsidiario del servicio.

Cultura de la muerte es aquella que les niega a dos personas adultas (simplemente por ser del mismo sexo) su derecho a consolidar jurídicamente su relación y asentar sobre esa base un proyecto de vida familiar.

Cultura de la muerte es aquella que luchó con todas sus fuerzas para que un país mundialmente reconocido por su defensa de los derechos humanos arrastrara el ridículo de ser el único en el mundo donde estaba prohibida la fecundación in vitro, ganándose con ello la condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Cultura de la muerte es aquella que prescribe la angustia y el dolor de los estertores de la agonía, a quienes piden el alivio de un final digno para sus vidas.

No me vengan a mí con que son “provida”. Confinaron la reflexión a los claustros y cambiaron el esplendor de la biblioteca de Alejandría por sus mausoleos repletos de reliquias y huesos de muertos. Sus legionarios apagaron la sonrisa de miles de niños y sus máximas autoridades encubrieron y permitieron sus crímenes contra la inocencia de los indefensos. ¡Mejor les fuera si se ataran una piedra de molino al cuello y se arrojaran al mar!

La suya es una cruzada milenaria contra la emancipación humana porque incluso cuando, en apariencia, la han apoyado, lo han hecho en función de su agenda de tutelaje y control. Aquí mismo, apoyaron la reforma social de los años 40 con miras a que se les aprobara su paquete de medidas involucionistas, incluido volver a prohibir el divorcio. Hace nada pretendieron impedir la exhibición de películas, la celebración de congresos y conciertos, y hasta instigaron el decomiso de las variedades de música que los atemorizaban.

Ustedes no defienden la vida. Le tienen tanto miedo que la han sofocado con sus velos, culpas, pudores e ignorancias.

El autor es abogado.