Cierta vez, el pintor César Valverde me contó que estaba escribiendo un relato. Cuando lo llevaba muy adelantado, advirtió que carecía de diálogo, y eso lo hacía monótono. Entonces, según él, creó algo parecido a uno: un personaje entra en una cafetería, se encuentra con un conocido y le dice algo así como “hola, qué tal”. Problema resuelto.
Esto es lo que recuerdo, pero a la larga la memoria me engaña y este o el otro detalle me lo he inventado. Debiera ser cierto porque cuando me lo contó me pareció muy gracioso.
Pensándolo mejor, César pudo haber recurrido a un truco muy sencillo para remediar la ausencia de diálogo. Consiste en hacer que los personajes hablen solos, pero en voz alta. Así lo hizo Ernest Hemingway, si los entendidos me lo permiten, en El viejo y el mar.
El viejo no recordaba cuánto tiempo hacía que había empezado a hablar solo, en voz alta, cuando no tenía a nadie con quien hablar. En los viejos tiempos, si estaba solo, cantaba. “Si los otros me oyeran hablar en voz alta, creerían que estoy loco —dijo en voz alta—. Pero, puesto que no estoy loco, no me importa”.
Evidentemente, ¿qué puede importarnos? Estoy persuadido de que unos más y otros menos, según las vicisitudes y experiencias que pueblan cada vida, casi todos echamos mano del soliloquio para despejar la necesidad de decir y a veces la imposibilidad de comunicar.
El caso emparenta con otra historia que leí en alguna parte. El abuelo narra alguna cosa a su nieta, y la madre, que lo escucha, lo amonesta: “Le estás diciendo mentiras a la niña, eso no es cierto”. El hombre responde calmosamente: “¿Y por qué todo tiene que ser cierto?”.
¿A qué se debe que se aprecie tanto la verdad y se menosprecie la mentira, si después de todo la mitomanía es, como un historiador ha observado, una característica mucho más común del género humano que la veracidad?
Puede ser por razones que conciernen al olfato. El mentiroso contumaz huele mal. De nuevo Hemingway, que opinaba que casi todo el mundo miente y negaba importancia a las mentiras, decía de un poeta cuyas mentiras dejaban cicatrices que despedía un olor característico que impedía estar con él en una habitación cerrada; el olor aumentaba cuando mentía.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.