Fernando Zamora. 3 noviembre, 2017

He recibido la última obra sobre filosofía jurídica de mi colega y entrañable amigo Manrique Jiménez Meza, uno de los juristas latinoamericanos más prolíficos. Repasando el esfuerzo de autores como él, cavilaba sobre lo irritante que es ver la atención que se prodiga a tanta basura propia de esta sociedad del entretenimiento, mientras que el empeño de valor cultural es relegado al extraviado rincón de la indiferencia.

Esa encomiable contribución a la historia del pensamiento jurídico motivó en mí esta breve reflexión sobre el periplo de las ideas humanas. En auxilio a este cometido, y en el cuidado de no usurparle conceptos a él, he recurrido a mi mucho más modesto libro El origen del ideal constitucional, que años atrás me publicó Editorial Juricentro, y del que extraigo algunas ideas que entonces desarrollé. Veamos.

Si tomamos en cuenta que la historia humana arranca con la palabra escrita, podemos asegurar que la travesía de las ideas humanas aún es joven, pues prácticamente el noventa por ciento de nuestra existencia estuvo sujeta a la tradición oral.

En todo aquel inmenso período, la idealización humana estuvo confinada a la mitología. El verdadero peregrinaje del pensamiento humano tiene su punto de partida en el paradigma del mundo antiguo y a partir de la expresión escrita. Y aunque es en el Oriente Medio donde surgen las primeras grandes civilizaciones, la realidad es que el primer paradigma del pensamiento humano surge con las ideas filosóficas de la Grecia antigua.

Ahora bien, la cosmovisión grecolatina era muy diferente a las nociones generales que hoy suponemos. Por ejemplo, el Dr. Francisco Álvarez González, erudito en filosofía antigua, señalaba que, a diferencia de lo que la ciencia ahora nos enseña sobre el inicio del universo, buena parte de aquel pensamiento de la antigüedad no compartía la noción de que el universo tuvo origen.

Por el contrario, la mayoría de los grandes filósofos de entonces tenían la idea del universo sin principio ni final. Para ellos, el cosmos era una realidad última a la que pertenecían las ideas, seres humanos, espíritus, ángeles y dioses, y su concepción acerca del curso de la existencia no era lineal, como lo entendemos hoy, sino cíclico. Cada ciclo cósmico iniciaba en una edad dorada, degenerando progresivamente antes de ser destruida hasta iniciar con otra nueva etapa. Si bien consideraban que existían fuerzas divinas que regían el destino, concebían que estas eran caprichosas e insensibles.

Reconstrucción de la cultura. Cuando se desintegra el Imperio romano, y con él la cultura grecolatina, Europa era azotada por bárbaros de diferentes procedencias. Vándalos, eslavos, mongoles, bereberes, hunos y pictos, entre otros, que asolaron las pocas y devastadas ciudades y pueblos, que a duras penas subsistían tras la caída imperial.

El monumental desafío de reconstruir la cultura europea fue un esfuerzo titánico que le correspondió a la entonces incipiente cristiandad. Cuando la cultura cristiana se consolidó, con ella brotó un segundo gran paradigma de pensamiento, una comprensión opuesta a aquella del caos cíclico del mundo pagano antiguo.

A partir de los monjes y filósofos escolásticos, se retomó la inusual convicción semítica de los hebreos, según la cual Dios creó lo existente a partir de la nada, pues Él no era parte del cosmos. Con ese fundamento, surgió, también, la convicción de la existencia de un orden encubierto en el universo.

Por cierto, aquella inconcebible idea de que el universo podría haber sido creado a partir de un instante, hoy dejó de ser una quimera insensata, al resultar demostrado por la ciencia que este ciertamente tuvo un inicio intempestivo.

En fin, el pensamiento filosófico de aquella etapa concibió que era posible discernir la verdad, tanto por la razón natural, como por la fe revelada. Por ejemplo, para Tomás de Aquino la razón natural nos permite discernir la diferencia entre la bondad y la maldad, o también reconocer que todo lo existente tiene una causa original, tal como también lo enseña la fe revelada. En síntesis, para ellos, existía una “teología natural” que, en aspectos como la existencia de Dios, o la vida moral, confirmaba lo que la teología bíblicamente revelada afirmaba.

En su obra sobre historia de la ciencia, el matemático y filósofo inglés Alfred N. Whitehead anota que aquella insistencia del cristianismo “en la racionalidad de Dios” permitió que se instaurase una vocación que aspiraba a comprender aquel universo creado que ya no se asumía caótico ni caprichoso. Por ello en el siglo XIII, los religiosos franciscanos Robert Grosseteste y Roger Bacon propusieron el método inductivo experimental, que sentó las bases del método científico, y cuya consecuencia fue el surgimiento de la ciencia como tal.

Ciencia. Y con la ciencia nace una rotación radical en la travesía de las ideas humanas. El historiador de la ciencia Lynn White sostiene que aquel empeño de la cultura monacal cristiana por investigar la naturaleza basándose en la experiencia, la observación y el experimento, instituyó el método empírico, catalizador de la revolución científica posterior.

Igualmente, Jean Gimpel, erudito en historia científica, sostiene que la piedra angular que dio origen a la ciencia fue la idea monástica de que, como el universo era una “construcción racional”, la naturaleza debía ser investigada a través de los sentidos. Por demás está decir que esa era científica de la que aún disfrutamos, es la que nos ha facilitado buena parte de nuestro bienestar material y ha producido las cuatro revoluciones industriales, solo por citar uno de sus muchos beneficios.

Pues bien, el sociólogo Jeremy Rifkin ha denunciado que, con la irrupción de la revolución cibernética y los estertores de lo que llama “conciencia teológica e ideológica”, la humanidad ingresó en una aberración posmoderna denominada la “era teatral”, que se suma al antirracional y contracultural fenómeno posmoderno.

En esta “era dramatúrgica” el pensamiento humano se sustituye en una oquedad que se bifurca, por una parte, en la aniquilación de la noción histórica de progreso, y, por otra, donde las relaciones sociales, siendo ahora interactivas, causan que en la web, millones hagan de sus vidas una interpretación de tipo narcisista y teatral para los demás. Un infinito voyerismo; un psicodrama a escala planetaria.

Por ello, el sociólogo Philip Rieff espetaba indignado que hoy el hombre no procura ser redimido: su aspiración es simplemente ser complacido.

El autor es abogado constitucionalista.

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