Columnistas

La Segua ya no está en el camino; ahora vive en las pantallas

Nosotros, los nuevos jinetes de este siglo, cabalgamos por la red deseando ese destello de ‘belleza’ que alivie la soledad. Cabalgamos en la noche de los tiempos sobre las ancas de la tecnología, creyendo que vamos hacia la compañía total

Leyenda de la Segua, ilustración
La Segua. Foto: Ronald Díaz para LN.
Leyenda de la Segua, ilustración
Si la Segua era la mujer que se revelaba ante la mirada del hombre convirtiéndose en monstruo, la Segua digital es la identidad fragmentada.

La noche sigue siendo un espacio lleno de presencias donde, todavía entre el asfalto y la tierra ancestral, emerge la Segua, no como un simple espanto de camino, sino como una fenomenología del espanto que nos narra quiénes fuimos y qué sombras seguimos proyectando sobre las mujeres.

El origen de la Segua es un acto de partería cultural. Nace del cruce entre la Siguanaba náhuatl y la moralidad del barroco colonial, camuflando lo indígena bajo el vestido español para sobrevivir. Como bien anotaba Miguel Ángel Asturias en sus Leyendas de Guatemala: “La que tiene cara de caballo y cuerpo de mujer... la que deja a los hombres con la risa perdida y los ojos fijos en la nada, bañándose eternamente en las aguas del olvido”.

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