
Cuando España y otros imperios europeos se apoderaron de regiones y continentes enteros, afirmaron que su objetivo era difundir el cristianismo. Otro argumento, enfatizado para someter partes de Asia, era que el colonialismo constituía una carga autoimpuesta, asumida para llevar al mundo los valores de los blancos. O como escribió Kipling:
“Aceptad la carga del hombre blanco, / enviad a los mejores que engendréis, / atad vuestros hijos al exilio, / que sirvan de guía a sus cautivos. / Atended, con pesado arnés, / a pueblos azorados y salvajes, / a pueblos hoscos capturados, / de corazones malvados y con mentes de niño”.
En las últimas décadas, Estados Unidos, apoyado por sus aliados occidentales, ha sostenido que el objetivo de sus intervenciones militares en otros países es difundir la democracia.
Así, históricamente, las potencias han justificado la agresión imperial como una tarea noble, intentando ocultar el verdadero objetivo, el cual no ha sido otro que la apropiación de tierras, oro, madera, plata u otros minerales, la esclavización de las poblaciones locales o la competencia entre las metrópolis colonizadoras.
Luego llegó Trump. Su arrogancia sin límites permitió que el mundo escuchara por fin la verdad: su objetivo es el negocio del petróleo y evitar que otros países fortalezcan relaciones económicas con Venezuela. La invasión fue preparada con la propaganda habitual sobre la maldad que emanaba del régimen de Caracas; sin embargo, una vez consumada, esas razones reales salieron a la luz.
Es cierto que el dictador Maduro ha sido nefasto para el pueblo venezolano, y casi de seguro es cierto que, como mínimo, se haya hecho de la vista gorda ante el narcotráfico. Pero como argumento para la invasión, su asociación directa o indirecta con las exportaciones de cocaína a Estados Unidos carece de credibilidad, si se considera que recientemente Trump liberó a un expresidente de Honduras condenado en tribunales estadounidenses a 45 años de prisión por facilitar exportaciones de drogas hacia Estados Unidos.
Aun antes de que Trump explicitara las verdaderas razones, teníamos la obligación de dudar sobre la relevancia y veracidad de los epítetos con que se venía calificando a Maduro. Ello, excepto si olvidamos las mentiras del expresidente Bush Jr. y del ex primer ministro británico Tony Blair, esgrimidas para justificar la invasión a Irak. Era falso que Husein estaba a punto de producir armas nucleares o que tenía vínculos con Osama bin Laden. Era evidente –y así lo clarificó, por ejemplo, un protagonista prominente del establishment de Washington, el expresidente de la Reserva Federal Alan Greenspan– que la verdadera razón era el petróleo de Irak.
Trump y el Partido Republicano se sienten tan legitimados para su avaricia económica, su irrespeto a la soberanía de otros países y para otorgar un papel policial global a Estados Unidos que la palabra democracia ni siquiera fue pronunciada en la conferencia de prensa en la que se explicó la invasión. Más aún, Trump descartó abiertamente un rol en la era pos-Maduro para el liderazgo democráticamente electo en Venezuela tras los comicios de julio del 2024.
Es cierto que Maduro y ese detestable socialismo demagógico, desordenado, corrupto y populista, que ha confundido a tanta gente y ha causado tantas desgracias en América Latina y el mundo, han sido un obstáculo para el progreso de Venezuela. Lejos del modelo socioeconómico ecléctico, ajeno al comunismo y al neoliberalismo, que tanto éxito ha dado a Singapur, China, la República de Corea, Japón y la isla de Taiwán (y que llevó a Europa Occidental a sus elevados niveles de desarrollo), el chavismo venezolano continuó y profundizó los serios errores, la corrupción y el desperdicio de la riqueza petrolera que caracterizó a la mayoría de los gobiernos que lo antecedieron. Pero de ahí a que una potencia rompa todas las reglas de convivencia global para autonombrarse gendarme, policía y juez del mundo es otra cosa.
Por ello, la invasión debe ser condenada urbi et orbi, pero, sobre todo, por países como Costa Rica, dado que, como armas para defender nuestra soberanía, solo disponemos de las normas del derecho internacional.
Podría argumentarse que el mundo necesita de un país fuerte desempeñándose como policía y un juez universal, dado que Naciones Unidas y las cortes internacionales no tienen el músculo para ejercer esa tarea. Esa inefectividad es real, pero en gran parte se debe a que las potencias no las respetan ni obedecen. Pero, en todo caso, si Estados Unidos fuese un policía neutral, justo y apegado a las reglas (por cierto, las que sus dirigentes frecuentemente proclaman), no solo secuestraría a Maduro para ponerlo bajos las rejas, sino también, y con mucha más razón, a asesinos de la talla de Putin, Netanyahu y Mohamed bin Salmán (el mandamás de Arabia Saudita). Pero, en lugar de ello, ante Putin, Trump ha sido, como mínimo, ambiguo, y ante de Netanyahu y Bin Salmán, un aliado incondicional.
En todo caso, un resultado positivo de las acciones y palabras de Trump es que ahora sabemos que el verdadero significado de MAGA es Make America Global Gendarme Always (“Hacer de Estados Unidos el gendarme global permanente”).
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Ottón Solís es economista.