Columnistas

La Presidencia de la República es una magistratura moral

Algunos defenderán el tono y el estilo del actual mandatario como señal de fuerza o de ruptura con viejos estilos, pero la experiencia demuestra que la chabacanería no fortalece la democracia

Mano con puño cerrado pintada con colores de la bandera de Costa Rica. Dar la lucha.
Nuestro voto debe favorecer a quienes estén en mejores condiciones de restablecer la decencia, el señorío y el respeto institucional que exige la República. Shutterstock
Mano con puño cerrado pintada con colores de la bandera de Costa Rica. Dar la lucha.
Nuestro voto debe favorecer a quienes estén en mejores condiciones de restablecer la decencia, el señorío y el respeto institucional que exige la República. (Shutterstock/Shutterstock)

Cuando pensamos en el espectro de atribuciones que componen el ejercicio de la Presidencia de la República, podemos suponer que estas se agotan en el simple cumplimiento de un catálogo de atribuciones puramente normativas, de orden constitucional y legal.

Sin embargo, lo cierto es que supone (o debería suponer), además, el desempeño de lo que cabe llamar una magistratura moral: una misión no escrita, pero decisiva, en virtud de la cual quien ocupa la Presidencia influye permanentemente –para bien o para mal– en el tono del discurso público y, con ello, en la calidad de la convivencia democrática de la nación. Esa ha sido una parte consustancial del legado de quienes hoy recordamos como grandes estadistas de la historia: Winston Churchill, Konrad Adenauer, Nelson Mandela o Vaclav Havel, entre otros.

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