
Cuando la misión Artemis II retrasó su despegue a causa de un sanitario averiado, los medios presentaron la nota como una anécdota cómica. Y en cierto sentido lo era. Pero detrás de esta curiosidad, se esconde la verdad incómoda de que el ser humano, por mucho que se empeñe, no puede escapar de su naturaleza.
Los astronautas de Artemis viajaron más lejos que ningún ser humano antes que ellos. Rodearon la Luna, se asomaron a ese vacío que los filósofos antiguos no habrían sabido ni imaginar, y regresaron. La ingeniería que hizo posible ese viaje es uno de los prodigios más extraordinarios de la historia de nuestra especie. Y sin embargo, el primer gran problema técnico que amenazó la misión no fue la órbita terrestre, ni el silencio del espacio profundo, ni la complejidad de los sistemas de navegación. Fue un problema de lo más terrenal: no había baño. O, más precisamente, había uno de $23 millones que no funcionaba.
Hay algo profundamente filosófico en eso, aunque parezca simplemente gracioso. Aristóteles definió al ser humano como zoon logikon, el animal que razona. Pero también era perfectamente consciente de que ese animal razonador defeca, se cansa, se enferma y muere. La filosofía occidental ha dedicado siglos a exaltar la primera condición y a incomodarse con la segunda. Descartes proclamó: “Pienso, luego existo”. La nave Orión propone una enmienda: primero, hay que pasar al baño.
La modernidad tardía nos prometió que la tecnología completaría el trabajo y que seríamos, por fin, algo más que evolución biológica. El sanitario roto de Orión es la respuesta del cosmos a esa promesa. El incidente evidencia la distancia que existe entre el relato que una civilización construye de sí misma y la realidad que vive cada día.
Vivimos en una época que se narra a sí misma en términos de progreso tecnológico. Inteligencia artificial, edición genética, viajes interplanetarios. El vocabulario del progreso es vertiginoso. Y sin embargo, cada mañana, sin excepción, cada CEO de Silicon Valley, cada filósofo, cada cosmonauta y cada papa hace exactamente lo mismo que hacía el primer Homo sapiens que pisó la sabana africana. El cuerpo, indiferente al progreso, cumple su rutina.
Lo llamativo no es que esto ocurra, sino que nos siga sorprendiendo. O más exactamente, que sigamos construyendo narrativas de progreso que olvidan tan sistemáticamente este dato fundamental. Como si la condición humana fuese un problema técnico pendiente de resolución, y no la estructura misma sobre la que se levanta todo lo demás.
Fue Christina Koch, única mujer de la tripulación, quien reparó el baño. “Soy la plomera espacial”, dijo medio en broma, medio en serio, la primera mujer en viajar a la Luna. No es un detalle menor. En la historia, el cuerpo y todo lo que implica cuidarlo, atenderlo, limpiar sus consecuencias, ha sido sistemáticamente asignado a quienes tenían menos poder. La filosofía sublimaba el espíritu, pero el cuerpo quedaba a cargo de otros. Las grandes gestas se narraban sin cuerpo. Los héroes no sudaban, no enfermaban, no necesitaban ayuda para ir al baño. Las mujeres, los esclavos, los criados hacían esa parte invisible del trabajo.
Que en el siglo XXI, en una nave espacial que es el pináculo de lo que la humanidad ha logrado construir, sea una mujer quien resuelva el problema más terrenal de todos, tiene algo de síntesis histórica. No heroica ni trágica, pero sí simplemente reveladora. El progreso tecnológico no ha cambiado quién tiene que ocuparse de las necesidades del cuerpo. Solo ha cambiado el escenario donde eso sucede.
Kant, que era un tipo de costumbres y pensamientos rigurosos, creía que la dignidad humana residía en nuestra capacidad de actuar según principios racionales, más allá de los instintos y las necesidades animales. Era una idea poderosa y todavía lo es. Pero a Kant alguien le cocinaba y le lavaba la ropa. Su filosofía de la autonomía descansaba sobre una red de dependencias corporales que él nunca reconoció.
Si la dignidad humana reside solo en lo que nos separa de los animales, como la razón, el lenguaje o el arte, entonces el cuerpo se convierte en algo vergonzoso, en un límite humillante, en un obstáculo. Pero si la dignidad puede habitar también en lo compartido, en lo inevitable, en lo que nos iguala a todos sin distinción de rango, entonces el sanitario averiado del Orión no es una broma, sino un recordatorio de que ningún ser humano escapa de ser, antes que nada, un ser humano.
Hay una palabra que los griegos usaban para eso: hubris. El exceso de orgullo que lleva al héroe a olvidar sus límites humanos y su condición mortal. La hubris no termina nunca bien en la tragedia griega. No solo porque los dioses en esos relatos son vengativos, sino porque la realidad tiene una manera de recordarnos, tarde o temprano, lo que somos.
Un sanitario roto en el espacio puede ser una tragedia griega moderna. Viajamos hacia las estrellas cargando con nuestras cuitas. Lo terrenal no desaparece porque el escenario se vuelva sublime. Y eso, lejos de ser una derrota, es lo más honesto que podemos decir sobre lo que somos.
Que seamos capaces de rodear la Luna y de necesitar un sanitario para hacerlo es algo terriblemente humano. Que seamos, al mismo tiempo, todo eso, es algo brutalmente hermoso.
mparis@ecija.com
Mauricio París es abogado experto en tecnología, medios y telecomunicaciones.