
La guerra es siempre una apuesta. Esto es cierto incluso cuando los líderes la llaman de otra manera, como “operación militar especial” (el nombre evasivo que el presidente ruso, Vladimir Putin, da a su invasión a gran escala de Ucrania) o “excursión” (el término preferido del presidente estadounidense, Donald Trump, para referirse a su ataque contra Irán).
Por supuesto, las apuestas de alto riesgo a veces dan sus frutos. El ataque estadounidense-israelí contra Irán podría aún provocar un cambio radical en la política de ese país, dando lugar a un régimen más tolerante que abra el país, genere un milagro económico, retire las minas terrestres y abastezca al mundo de petróleo. Si esto llegara a suceder, Trump quedaría genial, o al menos parecería un apostador de alto riesgo que se ha llevado el premio gordo.
Sin embargo, a medida que la aventura se prolonga, los recuerdos de apuestas fallidas del pasado empezarán a destacar, ofreciendo precedentes deprimentes para la actual crisis del poder estadounidense. Por ejemplo, se podría señalar el drama de 1914, cuando los líderes de los desmoronados sistemas imperiales de Rusia y Austria pensaron que podrían estabilizar la situación con una “guerra corta y victoriosa” (al menos la llamaron por su nombre). Pero hay dos experiencias más recientes que resultan aún más llamativas y relevantes: las de Gran Bretaña y Francia en Egipto en 1956, y el propio error de Putin en 2022.
La primera comenzó el 29 de octubre de 1956, cuando Israel lanzó un ataque contra la península del Sinaí para romper el bloqueo egipcio del estrecho de Tirán y el golfo de Aqaba. Dos días después, sin consultar a Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia entraron en la contienda con la “Operación Mosquetero”, cuyo objetivo era arrebatarle a Egipto el control del canal de Suez, una ruta marítima de importancia mundial. Los líderes británicos y franceses no pretendían otra cosa que derrocar al presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, creyendo que Estados Unidos apreciaría la lógica y la audacia de la operación. Según su punto de vista, el éxito restablecería la preeminencia mundial de sus países.
Pero el ataque fracasó y el Canal permaneció cerrado durante seis meses. La política británica y francesa quedó profundamente polarizada, y los líderes de ambos países quedaron desacreditados. El presidente estadounidense, Dwight D. Eisenhower, y el secretario de Estado, John Foster Dulles, estaban furiosos, sobre todo porque la operación de Suez desvió la atención de lo que ellos consideraban el principal desafío mundial: el imperialismo soviético, que quedó plenamente de manifiesto cuando los tanques irrumpieron en Hungría cuatro días después para aplastar un movimiento en favor de la reforma democrática. De hecho, la maniobra anglo-francesa de Suez bien pudo haber convencido al líder soviético Nikita Khrushchev de lanzar la suya propia.
Las repercusiones políticas de la crisis de Suez incluyeron un pánico financiero que obligó a los británicos a solicitar ayuda al Fondo Monetario Internacional, que hasta entonces había permanecido en gran medida inactivo. En última instancia, tanto Gran Bretaña como Francia tuvieron que abrir sus sistemas de tipos de cambio, limitar sus controles monetarios y pasar a la convertibilidad de la cuenta corriente, poniendo fin a las restricciones sobre los pagos comerciales. En otras palabras, los dos grandes países de Europa occidental se vieron obligados a liberalizarse bajo la atenta mirada de una institución internacional dominada por Estados Unidos.
El segundo precedente es la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia. Concebida como un golpe rápido y quirúrgico para decapitar al liderazgo democráticamente elegido de Ucrania e instalar un régimen títere (similar a lo que Trump logró recientemente en Venezuela), la espectacular incompetencia del Ejército ruso pronto convirtió la operación militar especial en un atolladero.
Una de las amenazas más inmediatas y de mayor alcance fue para el suministro mundial de alimentos, ya que se hizo imposible exportar cereales y fertilizantes rusos y ucranianos desde los puertos del mar Negro. Aislada y sometida a duras sanciones, los costos de Rusia se dispararon mientras los rusos de a pie se veían obligados a soportar una elevada inflación y dificultades económicas. Queda por ver cómo saldrá Rusia de su caos económico, político y humanitario.
El error británico-francés de Suez, al menos, fue afortunadamente breve; humilló a ambos países y destrozó sus ambiciones internacionales. La operación de Putin, por el contrario, se ha prolongado durante años. Sigue siendo imposible predecir si el enorme número de víctimas (1,2 millones, con quizá medio millón de muertos) impulsará a Rusia a desprenderse de sus pretensiones imperiales. Muchos rusos verán el fracaso a la hora de someter a Ucrania como una traición a los muertos.
En cualquier caso, Estados Unidos está empezando a enfrentarse a su propia encrucijada en Oriente Medio. Exactamente un año antes de este último ataque a Irán, Trump celebró una reunión muy mediática (diseñada para la televisión) en el Despacho Oval, en la que él y el vicepresidente, JD Vance, intimidaron al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski.
Zelenski respondió diciéndoles que “durante la guerra, todo el mundo tiene problemas, incluso ustedes. Pero ustedes tienen un bonito océano y ahora no lo sienten, pero lo sentirán en el futuro”. Trump entonces alzó la voz: “No estás en posición de dictar lo que vamos a sentir. Nos vamos a sentir muy bien y muy fuertes. Tú, ahora mismo, no estás en una posición muy buena. Te has permitido estar en una posición muy mala. Ahora mismo no tienes las cartas en la mano”.
Qué diferencia hace un año. El océano no está protegiendo a Trump del aumento de los precios y de la creciente insatisfacción pública con su administración. Abundan las preguntas sobre los prolegómenos de la guerra y sobre si existía algún plan para el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán. Cada vez parece más probable que EE. UU. no tenga las cartas necesarias para imponer el hecho consumado que Trump esperaba.
Las repercusiones a largo plazo podrían parecerse a la historia de Suez a la inversa: una humillación, seguida de una reconsideración de la política y un nuevo compromiso para pensar en cómo se puede restablecer la apertura económica. Al igual que Gran Bretaña y Francia después de 1956, y como Rusia hoy, Estados Unidos no podrá resolver por sí solo una crisis que ha creado.
Harold James es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Es autor, entre otros, de ‘Seven Crashes: The Economic Crises That Shaped Globalization’ (Yale University Press, 2023). Copyright: Project Syndicate, 2026.