“Qué tiempos estos en que escribir sobre árboles es casi un crimen porque significa callar sobre tanta injusticia”, decía Bertold Brecht hace 90 años, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial. No sé qué guerra estamos librando ahora, pero sin duda percibimos la sensación de inseguridad, que es el mayor combustible del miedo y la violencia, como sabe bien el populismo.
Este temor también vuelve necesarias visiones comprensivas de la realidad, como el periodismo de opinión, una forma de oponerle el discurso de la razón a un mundo que parece haberse vuelto irracional.
Cuando comencé a escribir, en 1982, los hechos se presentaban impresos y lineales. En papel, en mapas, en el orden cuadriculado de las ciudades. Bastaba cruzar una calle para enterarse del mundo en periódicos o revistas. Costa Rica estaba en crisis y fue fácil etiquetarla como crisis económica, sin prever que el nuevo modelo implicaba un cambio en el estilo de vida y en la estructura social.
Aquel orden analógico ya no existe. Ya no hay centros ni visiones centrales sobre casi nada, y contemplamos el regreso de los peores fantasmas del pasado. La crisis actual en Costa Rica, que amenaza la democracia, quizá por primera vez en su historia, no tiene nombre o tiene muchos nombres. Pero los ciudadanos aspiran a entender el mundo en que viven y a que esas lecturas les ofrezcan una cierta seguridad y control de la realidad.
Y es el periodismo responsable, junto al pensamiento crítico, el llamado a ofrecer una visión comprensiva de la sociedad, lo cual nos lleva a una paradoja democrática: una parte de la población no quiere oír respuestas complejas a problemas complejos. Es más, ni siquiera quiere preguntas complejas. Tras un largo desgaste institucional, los ciudadanos esperan respuestas concretas a preguntas que a veces ni siquiera son explícitas o que se plantean como demandas o difusas expectativas de futuro –eso que antes llamábamos esperanza–.
Esta paradoja ilustra el enorme desafío de hacerse entender en medio del ruido local y global. ¿Cómo no sumarse a la infoxicación y a lo que Cory Doctorow llama la “mierdificación” (enshittification) del contenido digital? Por el vertiginoso crecimiento de la información, hay demasiado ruido y pocas palabras que digan lo mismo para todos.
Nada tiene sentido si no volvemos a entendernos recuperando un espacio público común. Como decía Michel de l’Hôpital hace siglos: “No importa cuál sea la religión verdadera, sino cómo convivir juntos”. Probablemente por eso escribo.
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Carlos Cortés es escritor, periodista y catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR).