Lo dijo Fernando Cerimedo, consultor argentino en las más turbias artes de la propaganda política, detenido en Bolivia por presunto intento de femicidio. Y aunque debamos dudar de alguien así, doy por buenas estas palabras:
“Que un posteo en Facebook se vea más, se viralice, no depende de enviarlo a muchas personas para que lo compartan, sino que el algoritmo vea que es un tema relevante. Entonces, con los trolls (sic), creamos esa relevancia artificial”, declaró a La Nación de Argentina hace tres años. Por desgracia, añado, para esos algoritmos –también de Instagram, X o TikTok– la relevancia es algo instrumental: aquello que genere atención, reacciones y tráfico entre sus consumidores. Los troles y sus amos son beneficiarios y, a la vez, aliados de este modelo de negocio.
Conclusión: si bien gente como Cerimedo y su hueste de manipuladores políticos, algunos cercanos al oficialismo criollo, son parte del problema, el gran impulso estructural lo dan los engranajes operativos automatizados de las plataformas digitales. Hechiceros vestidos de consultores siempre han existido. Pero las pócimas tecnológicas de que ahora disponen, diseñadas para explotar al máximo nuestras preferencias, prejuicios, filias y fobias, son sus grandes optimizadores. Este ha sido el gran salto cualitativo de la propaganda y la desinformación.
Los algoritmos dirigen el tráfico de las plataformas a partir de esas variables. Gracias a ellas, deciden qué sí y qué no vemos y a quiénes llega lo que decimos. Mientras, absorben información personal, generan perfiles y los venden para “optimizar” los mensajes de sus clientes.
Por esto, los esfuerzos para reducir el malsano impacto de las plataformas deben centrarse en quitar poder a los algoritmos y devolvérselo a los usuarios. Es la propuesta del gobierno de Australia a su Parlamento. En esencia, pretende que la gente pueda rechazar las “recomendaciones personalizadas” (léase, dominio algorítmico) en sus flujos de contenido, y decidir qué recibir y de qué fuentes.
No siempre nuestras decisiones serán las mejores. De hecho, podríamos optar por seguir encerrados en tribus de afines. Sin embargo, al menos el control estará en manos de cada persona, y no de los Cerimedo, Facebook, Instagram, X o TikTok de este mundo.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.
