
La inteligencia artificial (IA) avanza por minuto. Algunos la consideran la mayor amenaza en la historia de la humanidad, y otros, la mejor oportunidad que hemos tenido.
De todas esas posibilidades, hoy me quiero enfocar en una superpositiva: la promesa de entender enfermedades y curarlas de maneras que antes simplemente no podíamos.
Empecemos por las palabras “inteligencia artificial”. Si el término suena ajeno, permítanme resumirlo en su versión más sencilla: una caja de información infinita. Con énfasis en la palabra “infinita”. Porque, aunque sí tiene límites, maneja una cantidad de información incomparable con lo que un cerebro humano es capaz de retener y correlacionar.
Esto hace que, para cada pregunta que le hagamos, una computadora pueda considerar una cantidad no humana de información antes de dar una respuesta.
Ahora bien, distintas empresas están creando diferentes “cajas”. Porque si una caja está llena de información sobre la “vida cotidiana”, ese es el tipo de pregunta que mejor va a responder. Así, científicos visionarios, al ver el potencial de esta tecnología, empezaron a construir cajas especializadas en medicina.
Por ejemplo, investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT) entrenaron un modelo de IA con registros clínicos de 55 organizaciones de salud en Estados Unidos y lograron identificar a pacientes en alto riesgo hasta 18 meses antes del diagnóstico real.
Al ver ese potencial, el capital fluyó rápido. Entre 2020 y 2023, la inversión global en IA para salud superó los $45.000 millones.
En mis años en Silicon Valley, vi decenas –si no es que cientos– de empresas formadas bajo estas premisas, algunas lideradas por amigos cercanos que decidieron dedicar su vida a encontrarles respuesta a enfermedades por medio de la IA.
Justo ayer, en una conversación anónima, me contaron: “Encontré una manera de utilizar Bluetooth para medir la respiración de los pacientes al dormir y correlacionar con la predisposición a alzhéimer”. Y al igual que esto, muchísimos proyectos en los cuales la información nos permite llegar más lejos en la trata de enfermedades.

Sin embargo, el comentario que se ve y oye más y más en este ambiente, pero que casi no circula en Internet, es que estas tecnologías están tocando su techo. ¡Cajas de información infinitas, tocando un techo! ¿Quién lo hubiera imaginado?
En perspectiva, es bastante sencillo de imaginar: una caja de información es poderosa, pero nunca será suficientemente poderosa sin la capacidad de correlacionar esa data de manera inteligente.
La apuesta que no funcionó fue asumir que juntar más y más información iba a ser suficiente. Llegar a la respuesta correcta exige mucho más fundamento científico de lo que se esperaba.
Por eso, a pesar de toda la inversión, a 2026 no existe un solo medicamento en el mercado desarrollado completamente por IA.
Esto lo vi directamente en un evento en el que he tenido la oportunidad de participar varios años consecutivos: una reunión con farmacéuticas, inversionistas, científicos y entidades gubernamentales en el New York Stock Exchange.
En 2023, la conversación era sobre cómo la IA iba a revolucionar la medicina. En 2024, se empezaban a considerar las limitaciones para llevar estas tecnologías al paciente. Y en 2025, la conversación era sobre cómo salvar algunas de estas empresas, porque quedó claro que se necesita entender la biología de maneras que una computadora no hace por sí sola.
Por ejemplo, si se quiere diseñar un fármaco para tratar el cáncer de páncreas, se requiere el fundamento científico para descifrar cuál información dentro de la caja es relevante, cuál es ruido, y por qué. La IA no sabe la diferencia sola. Y sin esa guía, puede generar respuestas que se ven perfectas en pantalla, pero no funcionan en el cuerpo de un paciente.
A la vez, el futuro de la IA en medicina depende de que los experimentos de laboratorio sean mucho más rápidos y más baratos. Porque cada respuesta que da la IA tiene que ser evaluada manualmente por un científico antes de poder avanzar. Y ese proceso, hoy por hoy, es el cuello de botella que frena todo lo demás.
Entonces, ¿qué sigue? El futuro de la IA en medicina no lo va a ganar quien tenga la computadora más grande, sino quien sepa hacerle las preguntas correctas. Eso requiere algo que ninguna máquina puede reemplazar: entender la biología, la enfermedad y al paciente detrás del dato.
Las universidades de Costa Rica tienen la oportunidad de preparar a la generación que guíe a esas inteligencias artificiales, no solo como usuarios de tecnología, sino como voces que el mundo de la IA todavía necesita escuchar.
María José Durán es la primera costarricense que cursa un doctorado en Bioingeniería en el MIT.