Apenas pasa una semana sin que distintos pioneros de la inteligencia artificial pronuncien graves advertencias sobre la tecnología que ayudaron a desarrollar. Tuve un temprano atisbo de este emergente consenso pesimista hace un par de meses, cuando asistí a una cena con algunos expertos en IA, quienes sugirieron que podrían quedar en riesgo millones de empleos bien pagados y relativamente sofisticados. Regresé a casa preguntándome si estas sombrías perspectivas estaban realmente justificadas.
Tengo mis dudas. Desde los inicios de mi vida profesional en la década de los ochenta (y, por supuesto, durante un tiempo mucho más prolongado), el progreso tecnológico se presenta una y otra vez como una gran amenaza para los empleos en sectores industriales clave, como la fabricación de automóviles. Sin embargo, y hasta la debacle del brexit, el Reino Unido producía más vehículos que durante el supuesto auge de la industria automovilística, gracias al papel desempeñado por modernas nuevas tecnologías para elevar la productividad del negocio principal de sus actores. En Sunderland, ciudad portuaria del norte del país, Nissan posee una de las plantas más productivas del mundo.
De manera similar, a pesar de que los trabajadores del sector automotor alemán reciben salarios nominales relativamente más altos, la industria automotriz del país pudo adaptarse y prosperar por décadas, compitiendo globalmente y ayudando a satisfacer la creciente demanda de una clase media mundial de vehículos con un rendimiento de alta calidad.
Adaptación
Sí, las empresas automotrices alemanas enfrentan un gran desafío histórico con la transición global a los vehículos eléctricos, y la desaceleración en China implica un crecimiento más lento a corto plazo. Pero si el pasado sirve de alguna guía, la industria podrá adaptarse y salir fortalecida en el futuro.
Los que sostienen visiones fatalistas sobre la IA prefieren pasar por alto el hecho de que las poblaciones están envejeciendo a un ritmo acelerado en gran parte del mundo desarrollado y en varias economías emergentes y en desarrollo. Puesto que el aumento de la fuerza laboral se está ralentizando en momentos en que la gente vive más años, habrá una creciente presión sobre poblaciones más pequeñas en edad laboral para la financiación de pensiones, atención de salud y otros compromisos (típicamente) no discrecionales.
A menos que esta población en edad laboral se vuelva más productiva, el crecimiento de la economía se verá afectado. Japón e Italia son dos exponentes de esta tendencia en las últimas décadas, pero no son, ni por mucho, los únicos ejemplos. También China, Corea del Sur y la mayor parte de Europa continental se encuentran en la misma situación.
Si bien la migración ofrece una solución parcial, es un asunto con gran carga política. Las aplicaciones de IA que mejoran la productividad podrían ser precisamente lo que se necesita.
Salud pública global
Más todavía, basta con ver lo que está pasando en el tan atesorado Servicio de Salud Nacional (NHS) del Reino Unido, que está exigiendo una parte cada vez mayor de las finanzas del país. El NHS emplea a más gente que nunca, pero se está volviendo cada vez menos productivo. Los británicos nos estamos acostumbrando a inacabables historias sobre sus falencias y lo que estas significan para los ciudadanos que buscan atención de salud.
Tras haber examinado este asunto como miembro de la Comisión de Salud del Times, me resulta evidente que el NHS necesita una radical adopción de tecnología moderna para ayudar con tareas sencillas (como hacer que un sistema informático se comunique con otro), así como otras más complejas. Por ejemplo, la integración en todo el sistema de diagnósticos de alta velocidad reforzados por IA podría ayudar a detectar riesgos de enfermedades y dar un tratamiento más temprano, preferentemente mediante farmacias o médicos generalistas. Con intervenciones así tanto la productividad como la calidad de la atención podrían mejorar mucho.
Ya contamos con evidencia temprana, pero extremadamente potente de lo que la IA podría hacer por la salud pública global. Según un reportaje de la BBC del 25 de mayo, un grupo de científicos canadienses y estadounidenses hicieron uso de IA para descubrir un nuevo antibiótico que (hasta ahora) está demostrando su eficacia contra la Acinetobacter baumannii, una de las superbacterias resistentes a las sustancias antimicrobiana presente en la lista de observación de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Tras haber encabezado la Evaluación sobre Resistencia Antimicrobiana (Review on AMR) británica independiente desde el 2014 hasta el 2016, encuentro que este avance es muy alentador. El medicamento todavía tendrá que pasar por los ensayos clínicos usuales, un proceso largo y costoso. Pero si todo sale bien, será la primera vez en décadas en que hayamos conseguido un antibiótico genuinamente eficaz para combatir las letales superbacterias.
Imaginemos ahora todo lo que la IA podría hacer sólo en el ámbito de la medicina: ayudar a descubrir o desarrollar vacunas para enfermedades hasta el momento no prevenibles o agilizar el proceso de ensayos clínicos en términos más generales.
Por supuesto, seguro que los expertos en IA tienen razón al sugerir que necesitaremos barandillas y altos estándares normativos para que esta última ola de innovación no cause un caos social, político y económico.
Esta era de las redes sociales las 24 horas, ciberanzuelos y noticias falsas hace comprensible gran parte del pesimismo imperante. Pero esa no es razón para pasar por alto los evidentes y masivos beneficios potenciales de la IA.
Jim O’Neill fue presidente de Goldman Sachs Asset Management y ministro del Tesoro británico. En la actualidad es miembro de la Comisión Paneuropea de Salud y Desarrollo Sostenible.
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