
Hace unos días estaba en una sala de espera cuando una persona decidió escuchar sin audífonos una larga cadena de audios de WhatsApp. Nadie dijo nada. Nadie suele decir nada en estas situaciones, siempre incómodas. Durante varios minutos, todos terminamos escuchando fragmentos de una conversación que no nos pertenecía.
No es una escena excepcional. La experimentamos todos los días. Personas viendo videos en altavoz en espacios públicos. Videollamadas personales realizadas en espacios colectivos. Perros que ladran durante horas mientras sus dueños en casa parecen haber desarrollado una extraordinaria capacidad para no escucharlos y asumir que el vecindario tampoco.
Ocurre en las playas también. Y no hablo de una pequeña bocina para escuchar algo de música con amigos. Hablo de esos dispositivos capaces de anunciar su presencia a cien metros de distancia. Nunca he entendido por qué una playlist personal termina convirtiéndose en una experiencia colectiva obligatoria.
No creo que la mayoría de las personas actúe con mala intención. Para mí, es algo diferente: hemos perdido conciencia de la importancia del silencio. Vivimos rodeados de estímulos y, en un intento por escapar del bullicio colectivo, buscamos formas que terminan creando más ruido mundano. Más música. Más videos. Más audios. Más contenido. Como si el silencio fuera un vacío incómodo que hay que llenar de inmediato.
La discusión que surgió en los últimos días alrededor del nuevo reglamento sobre espectáculos públicos de la Municipalidad de San José me hizo pensar precisamente en eso. No tanto en los decibeles, los horarios o los permisos, sino en la relación que hemos desarrollado con el silencio.
Parte del debate se ha planteado como si hubiera que escoger entre una ciudad escandalosa y una ciudad muda. Entre actividad económica y calidad de vida. Entre vida nocturna vibrante y descanso. Pero esa me parece una forma demasiado simplista de entender el problema.
Una ciudad “viva” también alberga a las personas que habitan en ella. Personas que necesitan dormir, desde luego, pero también leer, estudiar, trabajar, concentrarse, conversar, reflexionar o simplemente disfrutar de un momento de tranquilidad. El silencio no existe únicamente para descansar. Es una condición que hace posibles muchas de las actividades que asociamos con una buena vida urbana.
Más allá de sus méritos o defectos, el reglamento que trataron de colar el alcalde y los regidores josefinos terminó provocando una discusión que debió ocurrir antes. Es ahí cuando los procesos de convivencia urbana suelen producir mejores resultados, y así evitar adefesios como el presentado.
La propuesta de regulación recurre en varios artículos a conceptos como la moral y las buenas costumbres para justificar la prohibición o denegatoria de determinadas actividades. El problema de apelar a las “buenas costumbres” no es únicamente que el concepto sea impreciso por ser una construcción cultural, subjetiva y cambiante. Es que abre la puerta a que cualquier actividad pueda ser cuestionada, no por el daño que produce, sino porque alguien considera que resulta molesta, inapropiada o contraria a su idea de lo que debería ser aceptable.
Lo que una sociedad consideraba una buena costumbre hace 50 años no necesariamente lo considera hoy. Y precisamente por eso resulta una base débil para sostener una regulación pública.
El propio reglamento contiene criterios mucho más sólidos. Habla de ruidos excesivos, disturbios, afectación al descanso nocturno, molestias a terceros y alteraciones al orden público. Son conductas observables, verificables y susceptibles de regulación. Las buenas costumbres pertenecen a otra categoría.
Los sectores afectados tienen razón en pedir diálogo. Sin embargo, el diálogo pierde fuerza cuando se entiende como un mecanismo para garantizar que nada cambie. Las ciudades evolucionan. Los barrios cambian. Surgen nuevas actividades económicas. Aparecen nuevas tensiones. La pregunta no puede ser cómo preservar intacta una actividad, sino cómo lograr que distintas actividades convivan razonablemente en un mismo espacio urbano.
Hace unas semanas, vi algo que me llamó la atención en una taquería de Brooklyn. El negocio había colocado un pequeño rótulo pidiendo a sus clientes que fueran respetuosos con quienes viven en el barrio. No amenazaba con multas. No citaba reglamentos. Simplemente, reconocía una realidad evidente: una ciudad no pertenece únicamente a quienes trabajan o hacen negocios en ella. También pertenece a quienes viven en ella.
No idealizo ese ejemplo. Seguramente, responde a conflictos previos, quejas vecinales o reglas que se fueron construyendo con el tiempo. Precisamente por eso me pareció valioso: porque reconocía que la convivencia no ocurre por accidente. Hay que construirla.
Y construirla exige algo que parece cada vez más escaso: empatía. La capacidad de preguntarnos cómo impactan nuestras acciones a quienes comparten el mismo espacio. A quienes viven al otro lado de la pared. A quienes intentan leer un libro, estudiar para un examen, trabajar desde su casa o, simplemente, disfrutar unos minutos de silencio.
Defender el silencio no es estar en contra de la vida urbana. Del mismo modo que defender la vida urbana no debería implicar ignorar el derecho de otras personas a encontrar espacios de tranquilidad.
Las ciudades más interesantes del mundo no son vibrantes porque ignoran a quienes viven en ellas. Son vibrantes porque han aprendido, con mayor o menor éxito, a convivir con ellos.
Quizás por eso esta discusión es más importante de lo que parece. Porque no se trata únicamente de bares, restaurantes, playas, parlantes o reglamentos municipales. Se trata de cómo convivimos y de qué tipo de espacios compartidos queremos construir.
Las ciudades necesitan actividad, cultura, comercio y vida nocturna. Necesitan gente en las calles y lugares donde ocurran cosas. Pero también necesitan espacios donde todavía sea posible leer, estudiar, conversar, trabajar, concentrarse o simplemente pensar un momento. No porque el silencio sea más importante que el ruido, sino porque cada vez queda menos.
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Antonio Jiménez es experto en contenido digital, medios multiplataforma y periodismo de investigación.