¡Qué buena idea! Pero, ¡qué genialidad! Se necesita mucha sabiduría para proponer algo que nadie había osado públicamente sugerir: pedirle a Estados Unidos que instale una base militar en el país para resolver nuestro problema de seguridad ciudadana. Es más, permítame, señor proponente y asesor de la presidenta electa, una muy humilde sugerencia concreta: pongámosla en el Golfo Dulce. Ahí los barcos de guerra se protegerán de las tormentas oceánicas; es una zona plana donde podemos poner varias pistas de aterrizaje y, de paso, aprovechamos para llevar real estate y prosperidad a la región sur, tan carente del progreso.
Con ideas así, vamos concretando, damas y caballeros, la propuesta programática de la llamada III República. Visión y coraje. Y el señor asesor tiene un punto: sin seguridad ciudadana –y admitamos, tenemos ahí un gran problema– no hay desarrollo humano. Necesitamos orden para tener progreso. Y si nosotros no tenemos capacidad para imponer orden, entonces pidamos ayuda. ¿Cuál es el miedo a discutir ideas novedosas?
A este punto, otra sugerencia. Una base militar para combatir el narcotráfico está muy bien, pero recordemos que no podemos pedirles a los militares estadounidenses hacer de policías: cuidar esquinas, atender violencia doméstica, perseguir el narcomenudeo y demás cosas de la vida diaria. Entonces, ¿por qué no pedir que el FBI (Federal Bureau of Investigation) reemplace al OIJ? Vean ustedes: tendríamos mejores policías y nos ahorraríamos plata con el cierre de esa instancia y, de paso, mejoramos las cuentas fiscales. Y que, digamos, la Policía de Miami nos adopte como un condado de esa ciudad: así cerramos el Ministerio de Seguridad.
Por las mismas razones que aplaudo la idea del señor asesor (repito: ¿cuál es el miedo a hablar de este tema?), es que aplaudo las gestiones del Ministerio de Cultura para ir derruyendo el Teatro Nacional. Fue condenado injustamente por la Sala IV, que alegó daños a una obra que es patrimonio nacional, pero ¿quién quiere un inmueble representativo ya no de la II República sino, incluso, de un vejestorio anterior, la I República decimonónica? Y aquí van mis cinco céntimos: adelante, señor ministro de Cultura, y ya que está en eso, pase a la historia volándose el Teatro de una sola vez. Hagamos una gran plaza de expresión, para que jaguares y no jaguares tengan donde expresarse y no solo la élite engominada. ¿Cómo la ve?
vargascullell@icloud.com
Jorge Vargas Cullell es sociólogo.