La casa era grande, pero incomprensible, como diseñada sobre la marcha o por un loco. El zaguán por el que se entraba era largo y angosto, e iba estrechándose como un embudo; a un lado se sucedían los dormitorios.
La arrendamos porque su ubicación convenía a nuestros propósitos, pero era rústica y atrabiliaria si se la comparaba con la que habíamos dejado y echábamos de menos, que casi tenía aire señorial.
Lo más insólito es que aceptamos no entrar jamás a una habitación que había casi al final del pasillo, en el punto donde este giraba para desembocar en un comedor amplio y, cosa extraña, poblado de muebles que no venían al caso, como un escritorio en el que cada uno de nosotros disponía de una gaveta para su uso personal.
La habitación clausurada era un misterio absoluto, porque no tenía ventanas por las que mirar su interior y era impenetrable; estaba herméticamente cerrada. Qué había ahí dentro, nadie lo sabía. Ningún ruido procedía de ella.
Tanto tiempo duró ese estado de cosas, que nos acostumbramos a olvidar que esa habitación existía. No contábamos con ella, no tenía utilidad ninguna, no la mencionábamos. Pero al principio, sobre todo, nos provocaba inquietud y aventurábamos hipótesis, la más peregrina de todas asociada con el cuarto clausurado de Barba Azul, donde el personaje del cuento de Perrault escondía los restos ensangrentados de sus desaparecidas esposas. Si así hubiera sido, nuestras sospechas hubieran tenido una tenebrosa recompensa.
¿A qué viene todo esto? Bueno. Aquel cuarto me enseñó muchas y muy diferentes cosas. Una muy elemental es que uno de los mayores estímulos de la inventiva humana es lo que no se conoce. Otra, más elocuente, es que un rumor no desmentido es un hecho: allí había algo que se quería ocultar. Otra más es que, gracias al cuarto prohibido, quienes ahora oyen que lo recuerdo comprueban que no hay nada más aburrido que las nostalgias ajenas. En fin, que estaría mejor abstenerse de mencionarlo y seguir en cambio la admonición que hacía J. D. Salinger: “No cuenten nunca nada a nadie; si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”.
Pero hay derecho a preguntarse qué ocultaba el dichoso cuarto, si alguna vez lo supimos. Sí, cuando pasamos de inquilinos a propietarios: libros y más libros.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
