
¿No era la alfombra?
No.
Era bolsa.
Bolsa sí.
Vivíamos en una casa de alto, entre avenida 18, calle 5 y 7 de la capital.
Se entraba por el garaje y de ahí había dos tramos de gradas que llegaban a un gran salón con ventanas que abrían hacia afuera, en un complicado sistema de varillas de hierro que las movía de tres en tres.
Allí, mamá acomodó la sala y el comedor, y decoró como solo ella sabía y podía. Grandes ideas con bajo presupuesto.
En la baranda que daba a las gradas puso una fila de matas grandes que le daba al citadino aposento una frescura de selva amazónica.
Los cuartos estaban al lado derecho con el baño. Tenía una cocina pequeña y un patio de latas de zinc, que parecía más bien la semilla primigenia de un horno, porque a mediodía emanaba verdaderos rayos mortíferos de calor.
La cosa es que para entonces, digamos 1970, mi madre estaba muy limitada por un artritis reumatoide que sometió su espíritu libre y su pequeño cuerpo regordete al perímetro de la casa, pues le costaba muchísimo subir o bajar gradas y mucho más salir a hacer mandados o movilizarse como cualquier mortal.
Pero ella era una mujer ingeniosa. Como no podía salir ni bajar, pero sí comprar, atisbaba en una de las ventanas a cuanto vendedor ambulante pasaba.
Lotería, verduras, periódicos, lo que fuese que vendieran y ella quería, pegaba un grito despampanante: ¡Señoooooooooor!
El vendedor de turno veía hacia arriba pensando que lo llamaba Dios con voz de mujer y tratando de seguirle el rastro al alarido detectaba a mi madre, que desde arriba preguntaba a cómo la fruta, qué números llevaba, a cuánto tenía la navideña, si llevaba aguacates como para hoy, en fin, las preguntas obvias de una mujer mercando leña.
El hombre de turno contestaba las preguntas desde abajo y ella pactaba el trato.
Entonces comenzaba el acto digno del Circo del Sol.
Mamá lanzaba desde la ventana una bolsa hecha de retazos de vinil. Una de las agarraderas era sostenida por un mecate de nylon tan largo como una orinada en moto.
La lanzaba con la elegancia con que Batman tiraba la Batisoga.
El barrio se detenía.
Los hombres dejaban de hablar para ver aquello.
El vendedor entendido en su oficio, tomaba el dinero y colocaba en la bolsa ya a su nivel lo que vendía con el respectivo vuelto y ella la subía poco a poco, hasta que el encargo llegaba a su destino. ¡Y ya!
Solo faltaban los aplausos para aquellos dos protagonistas, uno de turno y el otro de planta, que ejecutaban aquella maroma cotidiana.
Así subieron al cielo como dice La Bamba, piñas, pedazos de queso, números de lotería, zapallos y más.
Y también bajaban, porque mamá en su pobreza benedictina, también era generosa, y más de una vez en la bolsa bajaban medias, un pantalón viejo, pero en buen estado, camisas sin usar para el que los necesitara.
Aquel sistema, luego fue copiado por los autobancos donde uno coloca la cédula y el depósito y una cápsula con una centrífuga que lo absorbe todo, se la traga y luego devuelven los papeles con un lapicero para que uno firme y se vaya.
Ideas finitas
Pero nada es perfecto, todo tiene su fecha de caducidad y hasta las mejores ideas son finitas.
Un día mamá se antojó de natilla casera.
En aquellos días diáfanos e inocentes, la leche se vendía en botellas, de casa en casa.
El lechero que andaba un carretón halado por una mula flaca y con una mosca en la oreja, gritaba ¡Lechííííííí! Y las señoras salían con ollas y recipientes de aluminio.
El hombre metía una especie de cucharón cuya medida era una botella, sacaba el líquido perlático de la consorte del toro, con un espumarajo que a todos se nos antojaba un buen vaso.
También traía queso, natilla y otros derivados de la vaca y por supuesto, natilla casera, de esa ralita, un toque ácida, que casi parece leche agria, que con un puntico de sal bien merece ser comida con un melcochón.
Mamá gritó.
El hombre paró.
La mula ni se inmutó.
-¿A cómo la botella de natilla?
-¡A peseta!, dijo el lechero.
-¡Una por favor!
Empezó el acto. Bolsa para abajo con una botella lavada, sin la peseta.
El hombre recarga la botella con el espeso manjar, la coloca en la bolsa y se queda esperando la peseta de regreso.
Mamá que sube el encargo ante la mirada de todo el barrio admirando el malabarismo.
¿Y no se va pegando la condenada bolsa en una cornisa que había, se vuelca y le cae al hombre la botella entera de natilla en la cara, el cuerpo y toda su humanidad?
Yo que estaba esperando en la ventana de al lado, porque era la primera en servirme un buen plato de natilla, quedé horrorizada.
Mamá se tapó la boca con la mano.
El viejo sacó su colección de insultos del año para la vieja loca que había ideado aquel sistema infernal y con la manilla blanca y pastosa le reclamaba la peseta.
Mamá en uno de sus pocos actos de cobardía que le conocí, se la tiró por la ventana mientras el barrio entero se moría de risa, junto con la mula del lechero que con aquello se había sacado todos los clavos.
El hombre no volvió a pasar por la avenida 18.
Mamá no volvió a usar la bolsa mágica de Aladino.
Por eso les digo, que no era alfombra, era la maravillosa bolsa de Aladino la que en aquellos días tranquilos de un San José que rallaba en lo campechano aunque anduviera calzado y peinado de copete, nos llenó la mesa de manjares y de suertes, no bajados del cielo, sino subidos de la mismítica tierra que nos vio nacer.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
