Hoy, cuando caminaba como hago habitualmente muy de mañana, alcancé a ver un águila parada en el brazo de la cruz que corona una de las torres de la iglesia de Barva.
En justicia, debo agregar que la novedosa visión del águila me habría pasado por completo inadvertida porque la cruz está a gran altura y nunca se me ocurre mirar hacia arriba. Hago como suele hacer la mayor parte de la gente, que no le gusta buscar por encima de la altura de su cabeza.
Pero un acucioso samaritano que por allí andaba me lo hizo notar, me señaló hacia arriba, y ahí estaba el águila mirando a su izquierda, inmóvil, como si escrutara la montaña, desentendida de esos seres tan raros e inexplicables que estábamos pegados a la tierra y apuntábamos en su dirección sin que significáramos ningún peligro, seguramente porque, en su experiencia de supervivencia, el peligro nunca viene de abajo, sino que se cuece a su alrededor.
Diseñada en contraste con el cielo azul, porque la mañana era límpida en consonancia con el himno de este país pacífico, me parecía que no había que hacer gran esfuerzo para cumplir el mandato que prescribía Vincent van Gogh a su hermano Theo en una carta escrita en fecha tan lejana como 1874: “Encuentra bello todo lo que puedas; la mayoría no encuentra nada suficientemente bello”.
Tengo la costumbre de pegar la vista al suelo cuando camino, como si desconfiara de la habilidad de mis pasos o de la confiabilidad del entorno; así, voy mirando las piedras porque me parecen objetos animados: creo firmemente en lo que he dicho en otras ocasiones, esta vez con las palabras de Delphine Horvilleur: “A diferencia de las flores que se marchitan, las piedras permanecen y manifiestan la fuerza del recuerdo”.
Volví a casa después de que el águila reemprendió el vuelo llena de curiosidad, indiferente a nuestras ataduras y nuestra suerte. Haberla admirado esa mañana en su potente y altiva belleza fue tiempo bien invertido, como aleccionaba Lucrecio, el poeta romano que vivió hace dos mil años: “Lo que los seres humanos pueden y deben hacer es dominar sus miedos, aceptar el hecho de que tanto ellos como todas las cosas que tienen ante sí son efímeros, y aprovechar la belleza y el placer que ofrece el mundo”.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
