
Jürgen Habermas –quien murió en Starnberg, Alemania, a los 96 años, el fin de semana pasado– fue quizá el filósofo más influyente del planeta en las últimas cuatro décadas.
Traducido a más de 30 idiomas, su fama era pública y reconocida, casi como un cantante o un deportista de masas. Pero le sucedió lo mismo que, en su día, a Umberto Eco, a Norberto Bobbio o a Chomsky, quien aún vive sus últimos días. O al gran Claude Levi Strauss y a Marcuse, una generación antes. Todo el mundo hablaba de ellos (políticos, académicos, periodistas, etcétera, para adornarse y sacar pecho), pero pocos los habían leído de verdad.
Con la Cátedra de Teoría del Estado de la Universidad de Costa Rica (UCR), he impartido, junto con mis colegas y amigos Édgar Odio y Rodolfo Montero, un seminario permanente sobre Habermas en nuestro curso anual desde hace más de 20 años. Un seminario dirigido a estudiantes de 19 y 20 años.
La Nación nos pidió un artículo para explicar, en palabras sencillas, por qué el filósofo de la Escuela de Frankfurt fue tan importante. Y observando la grave situación del planeta hoy –deterioro de la democracia; ascenso de los populismos autoritarios; guerras, violencia verbal y violación sistemática del derecho internacional y los derechos humanos–, hemos preparado estas notas para explicar la contribución de Habermas al debate sobre la democracia contemporánea y por qué Habermas es hoy más vigente que nunca.
1. La democracia es más que elecciones. Se trata de un diálogo y un debate constantes, donde no puede haber censura y todos pueden participar. Es lo que Habermas llamó la “racionalidad comunicativa”. Solo a partir de un constante intercambio de ideas, la sociedad puede evolucionar y crecer. La democracia es mucho más que un acto formal o electoral. Es un proceso de diálogo constante, donde todos los sujetos somos iguales, sin excepción. El objetivo de este “diálogo social”, de esta “democracia deliberativa”, es que se busquen tres cosas: la verdad, la ética y la autenticidad interna. Y, a partir de allí, los pactos de convivencia.
Aquí, Habermas da un paso más allá de Kant, pues el imperativo categórico que define el marco ético de la humanidad sería, más bien, resultante del diálogo y la deliberación democrática de toda la sociedad. El imperativo categórico de Habermas es más bien colectivo, va cambiando y evolucionando. Es decir, la democracia es una construcción social progresiva, resultante del diálogo. Al igual que en Kant, en quien se inspira, Habermas era un humanista y un republicano. La democracia es una decisión de muchos y no la de unos pocos iluminados, sabios o líderes populistas.
2. No a los nacionalismos y sí a la Constitución, donde todos caben. Habermas rechaza la idea de “nación” como raza, religión o identidad étnica. Rechaza a Hegel, a Carl Smith y todo el pensamiento neohegeliano y nacionalista. No hay nada más grave que la idea de “nación” entendida como nacionalismo étnico, religioso, etc. Eso solo conduce al racismo, a la xenofobia.
Subraya el peligro de ideas como “el pueblo elegido de Dios” o que “solo los blancos wasp (blancos, anglosajones y protestantes, por sus siglas en inglés) pueden ser ciudadanos y el resto son delincuentes y violadores”, el supremacismo étnico o “la raza superior” según un libro religioso como la Biblia, el Corán o el Torá (los cinco libros de Moisés). Insiste en que estas ideas han generado muchas guerras en la historia del planeta (y las siguen generando). Habermas opone la idea del “nacionalismo civil” o el “nacionalismo constitucional”: lo único que nos tiene que unir es el respeto a la Constitución y las leyes.
En una sociedad democrática y moderna, todas las personas caben, independientemente de su etnia, religión, idioma o costumbres. Todos los seres humanos somos iguales, a pesar de nuestros diferentes valores culturales, religión o color de piel. Y en lo único que tenemos que coincidir es en la Constitución y las leyes; es lo que llama el “patriotismo constitucional”. Nuestra única patria son las leyes y la Constitución.
Hay un importante filósofo español que muchos lectores conocerán, Fernando Savater, que tiene un libro similar que se llama Contra las patrias, el cual recomiendo leer. Sostiene la misma tesis de Habermas. Los nacionalismos y patrioterismos (la teoría de la raza, del pueblo escogido por Dios, etcétera) son uno de los mayores daños para la humanidad. Han generado casi todas las guerras en la historia de la civilización.
3. No a la posmodernidad y sí a la Ilustración. Habermas pertenece a la Segunda Escuela de Frankfurt, que es mucho más optimista que sus antecesores, como Theodoro Adorno y compañía, los cuales estuvieron marcados por el pesimismo ético y epistemológico. Así, Habermas rechaza muchas de las formas de pensamiento nihilista o relativista, empezando por la filosofía de la posmodernidad y autores como Derridá, Baudrillard o Jean-François Lyotard. Y, en otro sentido, también se diferenciaba de Foucault, aunque Foucault fue mucho más importante y astuto que los anteriores.
Habermas consideraba que ese relativismo de las ideas (esa “deconstrucción” de los valores imperantes sirvió como un ejercicio filosófico interesante) le hizo mucho daño a la democracia. De ese nihilismo se aprovecharon los enemigos de la democracia. En ese sentido, Habermas apuesta por una recuperación de las ideas básicas de la Ilustración del siglo XVIII y los grandes autores que la hicieron posible: Kant, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Diderot, D’Alembert. Y, además, defiende la herencia conceptual de la Ilustración.
En lo ideológico, lo fundamental es que el racionalismo es el motor del desarrollo humano. Y en lo político, la defensa de la república (es decir, el poder de todos; la democracia representativa), con todo lo que ello implica: el Estado de derecho, el principio de división de poderes, el principio de legalidad, la igualdad de todas las personas. Este es el cimiento de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, sobre la cual se basa la actual Declaración de Derechos Humanos de 1949. La igualdad de todos los pueblos y naciones y el respeto al derecho internacional ya estaban fijados por Kant desde fines del siglo XVIII.
4. La racionalidad comunicativa. Para todo lo anterior, es esencial en Habermas el concepto de “racionalidad comunicativa”. Frente a la racionalidad instrumental –orientada al éxito y al control–, Habermas propone una racionalidad orientada al entendimiento (Verständigung). La racionalidad comunicativa supone interacciones lingüísticas con el objetivo de llegar a acuerdos racionales. Aquí, el lenguaje no es solo un medio para transmitir información, sino el espacio donde se construyen consensos.
Habermas fue un demócrata que abrazó las causas del bien común y la solidaridad social. Los jóvenes europeos lo tuvieron como un referente durante décadas. Solo dos temas generaron acritud en su larga participación en el debate público. Primero, después de la caída del Muro de Berlín, el rechazo inicial que tuvo a la reunificación de las “dos Alemanias”, posición paradójica con su pensamiento de décadas, que después revisó y matizó. Y, segundo, un año antes de su muerte, en enero del 2025, sus polémicas declaraciones en relación con el tema de la matanza en Gaza y su tácita justificación de las políticas del actual gobierno israelí, lo cual nos defraudó a muchos. Sin embargo, ello se explica por el doloroso mea culpa histórico que el pueblo alemán sigue expiando, casi 80 años después, por los horrores del Holocausto. Ya tenía 95 años y estaba en el cierre de su vida. Polémicas más, polémicas menos, tuvo una larga vida en defensa de la democracia y el bien común.
Sus libros fundamentales
Habermas escribió más de 70 libros y cientos de artículos. Sin embargo, para el lector que quiera conocer sus textos más importantes, le recomendamos los siguientes, los cuales son de lectura cuidadosa y pausada, y todos se encuentran traducidos al español: Teoría de la acción comunicativa (1981), Facticidad y validez (1992), Historia y crítica de la opinión pública (1962), El discurso filosófico de la modernidad (1985), Conciencia moral y acción comunicativa (1983) y Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973).
Jaime Ordóñez es director del Instituto Centroamericano de Gobernabilidad.
