Yo crecí todavía bajo la sombra maniquea del 48. Mis abuelos, unos figueristas y otros calderonistas, con muertos en ambos bandos, no eran particularmente politizados, pero libraban, aún años después, una guerra santa doméstica, con apoyo ciego e incondicional a su bando, sus caudillos y sus herederos. A inicios de este siglo, parecía que eso había quedado atrás. Y, en parte, así fue porque el bipartidismo parecía superado, pero ha vuelto con otro vocabulario: “jaguares” contra “canallas”. Los nombres cambiaron, pero la estructura mental es la misma de mis abuelos.
En esa lógica dualista se pierde de vista algo tan sencillo como que dos verdades pueden coexistir sin anularse. Se puede no apoyar al oficialismo sin cantar el Corrido a don Pepe. Se puede rechazar el debilitamiento del Poder Judicial y, a la vez, ser crítico de cómo ese poder se ha administrado. Se puede querer mano dura contra la delincuencia sin apoyar posturas autoritarias.
Es la falacia del falso dilema, que reduce todo a la dialéctica amigo-enemigo. Cuando esa lógica gobierna el debate público, ya no se discuten políticas, solo se lincha al enemigo.
A uno de los bandos, esta estrategia le está saliendo de maravilla. Crearon un enemigo suficientemente abstracto y polimorfo como la “casta codiciosa” o los “ticos con corona”, para que cualquier ciudadano cabreado encuentre ahí un lugar donde depositar su rabia. El mínimo común denominador es el odio. El enemigo de mi enemigo es mi mejor amigo. Y es muy difícil competirle a ese odio con argumentos, porque los argumentos mesurados no se vuelven virales, pero los insultos se venden como la Coca-Cola.
Los griegos entendían mejor la política que nosotros porque sabían que el mundo no se divide entre buenos y malos, sino entre personas con razones distintas, a veces contradictorias, casi siempre parciales.
La tripulación de Ulises se tapó los oídos con cera para resistir el canto de las sirenas. No porque todo lo que cantaban fuera falso, sino porque tomar su canto por verdad absoluta podía llevarlos al naufragio. En nuestra odisea criolla, donde las sirenas hacen streaming, gran parte de la tripulación se quitó la cera de los oídos y está pidiendo que le suban el volumen.
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Mauricio París es abogado.