Este mes cumplo veinte años de escribir columnas para este diario, una por semana y más de mil en total. Inicié el 20 de abril del 2006, cuando reemplacé como columnista de los jueves a Leonardo Garnier, quien había sido nombrado ministro de Educación Pública.
Y en jueves me quedé, un día de la semana que llegó a encantarme: “jueves” viene de Júpiter, el rey de los dioses, cosa que, de entrada, le da alcurnia. Está colocado en un momento interesante: cuando la gente anda a todo trote, pero con una sonrisa oculta porque el fin de semana está ahí nomás. Buen momento para escribir.
He tomado la decisión de concluir mi etapa como columnista semanal. Este es mi último artículo. Cierro un ciclo que ha sido una gran exploración por los siete rincones de la tierra y de mi mundo interior, una incesante búsqueda por encontrar mi voz.
¿Por qué me voy? No sorprendería que alguien invente historias sobre mi partida: que La Nación se deshace de una voz incómoda para congraciarse con el gobierno; que me peleé a grito pelado con la dirección del diario, o que me dieron de baja por un escándalo que está por estallar.
Me voy porque he llegado a una estación de mi vida en la que quiero buscar nuevos caminos de expresión, otras maneras de forjar y expresar mi pensamiento sin estar atado a una frecuencia semanal. Me voy porque quiero y porque en la vida hay que saber irse: cuando la mente y el corazón están puestos en otra cosa. No es que entro en la vida monástica: mis artículos, cuando quiera escribirlos, los escribiré.
Con La Nación solo agradecimiento tengo. Es una gratitud profunda y sincera. Tuve plena libertad editorial, con una sencilla regla: que harían corrección de estilo mínima si yo respetaba el límite de caracteres, y que consultarían para ver si estaba de acuerdo; pero que, si sobrepasaba ese límite, entraban con tijeras y nada de caritas. Se imaginarán la lucha semanal por no abrir esa puerta. Y esa lucha fue clave para lograr un estilo de argumentación conciso, la máxima claridad de expresión con las mínimas palabras. En eso, la columna ha sido una gran maestra.
Fuera de esa mínima obligación, he escrito sobre lo que quise, como y cuando lo quise. Incluso me di el tupé de discrepar de la línea editorial del diario. Procuré que mi ventana de opinión tuviera un lenguaje fresco, a veces atrevido; que mezclara la ironía, y hasta el humor, con el estímulo a la reflexión y la deliberación. Que hablara sobre temas de interés público sobre los que yo tenía, al menos, una mínima investigación previa. En fin, que entrara por un huequito y saliera por otro, siempre con una mirada inquisitiva para captar lo que a primera vista no se ve, pero puede ser importante.
En el camino inventé a “Varguitas”, un intelectualoide que anda un poco perdido por la vida. Fue mi sufrido “sparring” y una manera de burlarme de mí. En el camino hice experimentos de lenguaje: le entré a la poesía, a la cumbia, a los diálogos interiores, a la técnica brechtiana del “extrañamiento”, al barroco estilo Saramago o a su contrario, el minimalismo de Hemingway.
¿Lo peor para mí? Que la columna se volviera repetitiva, que la gente pudiera adivinarla con solo leer las primeras palabras, convertirme en un columnista aburrido. Hice el punto de no caer en frases hechas estilo “solo en este país pasa” como recurso para evitar pensar y hacer pensar.
Definí pocas reglas personales, que obligaron a una permanente autoevaluación: entrar a los temas, sin descalificar a las personas; dejar espacio para la duda reflexiva, sin recurrir a argumentos categóricos. Y no insultar ni decir groserías. Pocas columnas no las cumplieron y esas me avergüenzan.
En cambio, razonamientos equivocados o defectuosos me provocaron pena, cosa distinta. Sin embargo, aprendí y solté, pues el error es parte de la vida. Acepté que una columna, una vez publicada, ya no era mía. En fin, gracias a La Nación y a las y los lectores: me despido con emociones encontradas, pero claro de que hoy es un buen día para partir.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.