Jaime Daremblum. 22 octubre

Cuán rauda corre la vida. Me parece que fue ayer cuando nos reuníamos en las oficinas en La Lucha contigo, Mario Merino, Muni Figueres, José Rockbrand, Óscar Cruz y los invitados de turno. El cafecito era de rigor y se servía a las 9 a. m.

Pareciera que fue ayer y no los largos años transcurridos desde entonces. En mi ausencia, hasta hoy, las memorias no me abandonan, y el recuerdo me apresa cuando me entero de la ausencia eterna de algún miembro del equipo.

Nuestra familia se propone visitar tu tumba y bendecirte por la amistad que siempre me brindaste. Las acciones de bondad y tu amistad conmigo demandan igualmente nuestro agradecimiento.

Hace pocos días me enteré por La Nación, mi lectura diaria, de tu fallecimiento, José Martí. Debo confesarte que la noticia me angustió. Una semana antes, días más, días menos, te había llamado y tu voz me parecía enronquecida, lo cual comenté con Gina, mi señora. Me he hecho la promesa de dedicarte una oración en mis rezos cotidianos. Recordé que me enteraste de que orabas diariamente, lo cual me dio una inmensa satisfacción. Igualmente, me alegró saber que habías emprendido estudios de los textos bíblicos bajo la guía de un instructor. ¡Excelente! El Altísimo bendecirá a los tuyos por tus obras.

He pensado mucho en tu linda familia y el sitio de tu descanso terrenal. Todos nos encontramos, a cada instante, con problemas de vida y muerte. En esas circunstancias, nos vemos en la necesidad de recurrir a los favores divinos. Unos versículos del Libro de los Salmos son la mejor ayuda que puede bendecir nuestras acciones. “Mi alma, exclamemos, exalta a Quien perdona nuestros pecados, que cura todas las enfermedades, que rescata tu alma de la tumba, que corona tus acciones con bondad y misericordia. Asimismo, te premia como al águila renovando tu juventud. El Señor expresa su eterna bondad con su compasión y virtud. Así como el Padre perdona con piedad, de igual manera bendice al pecador arrepentido. El Señor ha establecido su trono en los cielos, y su reino tiene el dominio sobre todos ellos. Bendice al Señor por todas sus obras de amor y beneficencia. Mi alma bendice al Señor por todos sus favores”.

Nuestra familia se propone visitar tu tumba y bendecirte por la amistad que siempre me brindaste. Las acciones de bondad y tu amistad conmigo demandan igualmente nuestro agradecimiento.

Descansa en paz, mi querido amigo, y que el Señor premie tu bondad.

El autor es politólogo.