En la Arabia Saudita de hoy, se notan unos pocos cambios con el propósito de estimular el comercio externo no petrolero, cuyo signo primario y, quizás único, ha sido permitir a las mujeres conducir un vehículo bajo ciertas condiciones. También, en actividades internacionales, destacan las fotografías de escogidos sitios para el turismo foráneo, así como el arte y la cultura tradicionales.
Todo eso es aceptable. La buena cara es esencial para atraer turismo, y ojalá negocios. Pero lo que no ha avanzado es el respeto debido a ciudadanos y extranjeros, particularmente aquellos que se aventuren a abogar en favor de los derechos humanos.
Esta es la paradoja del “nuevo modelo 2030” que impulsa el joven príncipe de la corona (heredero) Mohámed bin Salmán para mejorar la fisonomía del régimen monárquico y autoritario que domina esa potencia petrolera. Paradójico porque ahí el dinero no es problema. Lo hay a raudales, sobre todo para los superbillonarios miembros de la realeza. Sin embargo, no se gasta ni un rasguño de esas vetas de riqueza, inacabables como la arena que recubre al país, para mejorar las normas de protección de los derechos humanos y del oscuro ámbito penitenciario.
Con ese trasfondo, me sorprendió la noticia sobre la detención de figuras que sirven al régimen por sospechas de corrupción. Lo más notorio fue que cuando se dio a conocer la nómina de los detenidos, la lista incluía al príncipe Alwaleed bin Talal, el archirrico primo hermano del príncipe de la corona Mohámed bin Salmán, promotor de la campaña de modernización antes referida.
Al parecer, los detenidos, que eran todos de la flor y nata debieron negociar su salida con Bin Salmán. Según versiones, la cuota de salida negociada por Bin Talal fue de $2.000 millones. Otras fueron altas, mas no a este nivel.
LEA MÁS: El regreso incierto del petróleo
Con motivo de su liberación, Bin Talal recibió a la prensa en su celda “carcelaria”: un piso entero del inmenso hotel Ritz de Riad, con piscina y salones fastuosos, además de tres dormitorios (posiblemente para las damas de compañía), una oficina ultramoderna, más una cocina y comedores “a todo dar”. Eso sí, el príncipe, aún detenido, grabó videos de alabanza para el monarca y su hijo.
Con todo, me pregunto: a los reos que efectivamente van a una cárcel, ¿cuánto les tocaría pagar por su libertad? En otras palabras, más corrupción con cuchara grande.
jaimedar@gmail.com
El autor es politólogo.