Jaime Daremblum. 7 agosto

Allá por la década de los cincuenta del siglo pasado, en la avenida segunda, frente a la Caja Costarricense de Seguro Social, casi al final de la cuadra, había una pequeña oficina. Era el despacho del gran intelectual y benemérito de la patria Joaquín García Monge. Publicaba entonces el Repertorio Americano, prestigiosa revista internacional de prensa y literatura.

Mis padres tenían a la vuelta, en la avenida central, un negocio de abrigos, La Protectora. Yo asistía entonces a la escuela Juan Rudín y, al concluir esa etapa, inicié la secundaria en el Liceo José Joaquín Vargas Calvo, en San Pedro de Montes de Oca.

En todo caso, temprano en la tarde, las puertas abiertas de la oficina de don Joaquín eran un imán para el gordito estudiante. Cada vez que pasaba frente al despacho, me sentaba en la gradita de entrada a curiosear desde ahí los altos estantes pletóricos de libros. Imaginaba las fascinantes historias y enseñanzas que contenían.

Yo no molestaba y don Joaquín, siempre amable, nunca me echó de la gradita. Un día, me dieron como tarea escolar una composición sobre un tema libre. Yo me quebraba la cabeza adivinando algo atractivo y, sobre todo, no escribir tonteras. Tan preocupado estaba que mi madre me aconsejó pedirle guía a don Joaquín.

Yo me moría de pena, pero la angustia me oprimía, de manera tal que en esta ocasión toqué la puerta abierta de la oficina y el maestro me invitó a pasar y a sentarme frente a su escritorio.

Trabado de lengua, le describí mi cuesta arriba y él, sonriente, me sugirió elaborar sobre la célebre oración “Soy ciudadano del mundo y compatriota del hombre”, parte de una elegía escrita por Federico Schiller. Mi cerebro se aceleró, estimulado por mi condición de hijo de inmigrantes. Y ni para qué. Obtuve un 100 de calificación.

No dejo, hasta la fecha, de agradecer y admirar a don Joaquín, filósofo y gran maestro de la literatura, pero, sobre todo, por la manera humilde como atendió a un polaquillo que se coló en su oficina.

El autor es politólogo.