Cualquier persona tiene varias identidades que conviven, a veces no muy armoniosamente, en su fuero interno y en sus relaciones con los demás. Pensemos en una joven profesional: es madre, tía, hija y prima en su familia; es directora en una empresa, puesto que le implica ciertos comportamientos y responsabilidades; es deportista, se entrena con un grupo de amigas y es fiebre de un club de fútbol; es ambientalista y participa en una organización conservacionista; y, en política, no tiene partido, pero forma parte de un grupo de discusión de problemas nacionales. Cada una de estas identidades la hace participar en redes de relaciones con gente muy distinta y, aunque todas la definen como persona, ninguna tiene primacía sobre otra, sino que entran a operar según el contexto.
Ahora pensemos en esta misma joven pero en un entorno de hiperpolarización política. Antes de seguir, explico el concepto: denota a una sociedad dividida en dos campos antagónicos, excluyentes entre sí, en que la política impide acercamientos entre ellos por una intensa violencia —verbal o real— que niega toda legitimidad a “los otros”. Entonces, la gente se ve forzada a escoger bando y cortar lazos con los de la otra acera. Quienes intentan crear puentes quedan prensados como cucaracha en bisagra.
Una situación así obliga a esa joven a subordinar todas sus identidades a una sola, la política, y fumigar a familiares, amigos, colegas, organizaciones y sitios que no se amolden a esa celosa filiación. En ese entorno, pierden las personas y la sociedad, y la democracia sale rascando. El daño provocado causa mucho dolor y cuesta repararlo. Y, sin embargo, algunos ganan: en política, quienes usan la polarización como estrategia para ganar poder, y, en lo económico, los que amasan fortunas aliándose con los poderosos de turno.
Aquí va lo que pienso: en nuestro país vivimos indicios de una hiperpolarización política incipiente. Hay razones estructurales para ello (no tengo espacio hoy) y, por supuesto, la ambición política juega. Estamos a tiempo de frenarla, con acciones preventivas, como la promoción de una cultura de paz, los diálogos para resolver problemas públicos y acciones en defensa de los derechos y libertades y del Estado de derecho. Que no nos embarquen en la lógica del enemigo interno, en la que alguien tira la primera piedra y, si no pausamos, al rato todos nos volvemos agresores.
vargascullell@icloud.com
El autor es sociólogo, director del Programa Estado de la Nación.